A Pablo Iglesias siempre le han funcionado muy bien las metáforas. Entre la coleta y la casta, el líder de Podemos ha ganchillado con tino las referencias de la nueva izquierda hasta encaramarse a ese lugar en el que hoy habita. Se trabaja tan bien las alegorías, que a veces le brotan solas. Le pasó el viernes, cuando el mecanismo de un ascensor falló y lo dejó suspendido en la nada durante media hora. Un montacargas parado es como un no lugar, un espacio en el que fallan las reglas y que provoca una inquietud incómoda que te recorre el espinazo. Siempre hay algo misterioso en un ascensor que se detiene donde no debe, una especie de presunción de tragedia que Iglesias compartió con Ada Colau y su equipo. Ningún asesor de comunicación podría haber compuesto una imagen tan poderosa. El recambio político en un elevador, recalentado por la temperatura ambiente, con la angustia en progreso y compitiendo por cada centímetro. Son estos vehículos artefactos de un simbolismo vigoroso, una propuesta de todo lo bueno y de todo lo malo, una nave al cielo o al infierno. Quién no sintió alguna vez la angustia de una elevación misteriosa más allá de las nubes; quién no tembló en ese vientre de Jonás al intuir que tal vez podía descender hasta el averno, como si fuéramos a bordo de un avión con el mismo mal al mando.
Si los ascensores de la historia hablaran, el mundo quizás sería otro. Cuántas cosas inconfesables se han hecho mientras cambiábamos de piso; cuántas reglas se han roto en la intimidad escueta de esas cuatro paredes. Quédense con ese frenazo de Iglesias y con Colau sentada en el suelo. Puede acabar siendo la foto de la tortilla de Podemos o el instante previo a un descenso a las tinieblas.