El factor humano


El fiscal de Marsella, Brice Robin, parece tener claro, tras escuchar las grabaciones guardadas en la caja negra del avión, que Andreas Lubitz, el copiloto del Airbus de Germanwings siniestrado en los Alpes, estrelló el aparato de modo consciente y voluntario. Este hombre tenía 27 años. Según las grabaciones, conversó tranquilamente con el comandante del vuelo al inicio del viaje. A partir del momento en el que el comandante le recita el plan de vuelo previsto, hasta aterrizar en Düsseldorf, entra en silencio y sus respuestas pasan a ser lacónicas. Cuando se queda solo en la cabina, clausura el acceso, no responde a los pedidos imperiosos de que facilite la entrada y corta toda comunicación. Conservando una respiración serena, no entrecortada ni angustiosa, hace descender el avión durante varios minutos para cumplir «su misión» de estrellar el aparato. Digo «su misión» porque un acto así, realizado con esta aparente serenidad, solo puede responder o bien a un acto terrorista (lo que no parece ser la hipótesis más probable en este caso), o bien a un trastorno mental grave. No podemos pensar en un acto suicida sin más, ya que aquí no era solo la propia muerte lo que se buscaba, sino también la de los pasajeros y demás tripulantes. Por eso este acto responde a un designio de otro tipo, donde el delirio o la venganza, o las dos cosas, pueden estar implicadas.

Se han apresurado a contarnos que Andreas Lubitz había pasado sin problemas todos los exámenes psicotécnicos para ocupar su puesto, aunque se menciona una baja prolongada, durante su período de entrenamiento como piloto, de la que no se han explicitado las causas. Vemos cómo aquí la compañía aérea se apresura a aplicar, al factor humano, el mismo criterio que al control técnico del aparato: todo estaba en regla según los protocolos. También ahora se dirá que, según los controles establecidos, este ser humano no podía fallar. En la época de la evaluación generalizada, y del control técnico de objetos y personas, sorprende que lo imprevisible sea rebelde a cualquier técnica. Entonces decimos que es ilógico.

Pero lo real siempre es lógico y, si alguien capaz de un acto así, superó todas las pruebas de idoneidad es que se cree más en los tests que en una correcta evaluación clínica y personal. Es impensable que alguien capaz de un acto de esta envergadura no diera algún signo de alarma. Tal vez el test no lo detectó, pero es que ahora se confía más en el cuestionario que en la escucha, la observación del sujeto y el conocimiento de su biografía.

Hace unos días Ariel Shocron, jefe del departamento técnico del Sindicato Español de Líneas Aéreas (SEPLA), declaraba en una entrevista en V Televisión que los pilotos eran, cada vez más, gestores de sistemas informáticos, y que eso iba en detrimento del entrenamiento en el arte de pilotar, que puede salvar vidas cuando la tecnología falla. También, en el ámbito de la evaluación llamada psicotécnica, cada vez más, el arte, la sabiduría de la exploración psíquica del ser humano, se delega en tests y en cuestionarios. Pero ningún test alcanza lo más particular y enigmático de un ser humano.

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