El vacío


Es imposible ponerse en la piel de aquellos que esperan en un aeropuerto un avión que no llegará nunca. No hay forma de medir lo que sienten los que dijeron adiós en otra terminal sin saber que sería la última llamada lo era de verdad.

Es insoportable intentar meterse en la cabeza y en el corazón de los que percibieron que se precipitaban al vacío. Los primeros informes apuntan que la caída del Airbus duró ocho minutos. Se antoja una eternidad. Una travesía demasiado larga entre la incertidumbre de la vida y la certeza de la muerte. Una tortura.

El esloveno Bostjan Nachbar, jugador de baloncesto del Barcelona, escribió después de volar ayer mismo desde El Prat hasta Kaunas: «Cosas como estas nos abren los ojos y nos recuerdan lo frágil que es la vida. Posiblemente he caminado con algunas personas de ese vuelo esta mañana en el aeropuerto de Barcelona».

Posiblemente. Quizás se haya cruzado, sin saberlo, con alguno de los trabajadores que tomaba aquel vuelo con la rutina del que se sube al metro. O con los padres que iban a visitar a sus hijos. O con alguno de los dieciséis adolescentes alemanes que regresaban a su ciudad, una población con un número de habitantes parecido al de Vilagarcía. O con turistas que seguramente el día anterior habían paseado por Las Ramblas, abriendo una brecha luminosa en el invierno de Düsseldorf.

Tiene razón Nachbar. Hay días en los que es inevitable ver a cada ser humano como algo cruelmente insignificante y, al mismo tiempo, terriblemente insustituible. Simples pasajeros en tránsito. Pero con un gigantesco equipaje.

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