Hace dos meses andaba Francia con sus tópicos -la patria, la república, la revolución, la tricolor, la Marsellesa y los sables desenvainados- explicándole al mundo qué es y qué valor tiene la libertad de expresión. La ocasión para tal dramatización era un atentado terrorista que no alcanzó la terrible magnitud de los sufridos por Estados Unidos, España, el Reino Unido y, en menor medida, esta misma semana, Túnez; que era comparable a los que registraron otros países de la UE; y que no tiene nada que ver con las terribles matanzas que se están sembrando -por razones estratégicas- en las fronteras de Europa (Siria, Libia, Argelia, Egipto, Afganistán, Israel, Irak, Nigeria, Ucrania y Pakistán).
Pero Francia, que necesitaba salir en los periódicos y reconstruir la imagen de Hollande, optó por crear su propio marco, hacerse víctima entre las víctimas, y predicar que la libertad de expresión está por encima de todo -del buen gusto y la educación de la sociedad occidental, de las creencias, y de cualesquiera consecuencias que pueden tener las palabras y las imágenes sobre la seguridad de las naciones en que vivimos-. Por eso, venían a decir, cuando se produce un atentado como el que masacró a Charlie Hebdo, no basta con situarse radicalmente en contra del terror y de cualquier asesinato, sino que estamos obligados a compartir las chuminadas insufribles de una publicación que -al menos para mí- no presenta ningún valor específico.
Pero es más fácil pillar a un mentiroso que a un cojo. Y bastó que saliese Ibrahimovic a decir que «este país de mierda no se merece un equipo como el París Saint Germain», para que toda Francia, desde el presidente a los estibadores de Marsella, se echasen las manos a la cabeza y le pidiesen a este tontón sueco-bosnio-croata, que juega al fútbol divinamente, que se fuese del país. ¿En qué quedamos? ¿Hay libertad de expresión para todos o solo para los soeces que blasfeman contra Mahoma y Cristo bendito? ¿Está Francia por encima del cielo, de las personas, de las religiones y de la libertad de expresión, o también está sometida al principio general de que cada cual -sabio, analfabeto, maduro o imbécil- la describa como quiera?
La respuesta a estas preguntas la daba el miércoles nuestro periódico: «El Gobierno francés va a legalizar las prácticas ocultas de sus servicios secretos para que puedan trabajar en la lucha antiterrorista sin control judicial y bajo una simple autorización administrativa [?] permitirá a los agentes introducir cámaras y micrófonos en vehículos, viviendas y oficinas, colocar balizas de geolocalización por GPS en automóviles, revisar ordenadores y la mensajería de Internet e infiltrar grupos de sospechosos, entre otras técnicas usadas bajo cuerda en la actualidad».
Es la libertad de expresión a la francesa, donde todo es posible mientras Francia no se sienta insegura u ofendida.