Una salida para la deuda griega

Xosé Carlos Arias
Xosé Carlos Arias VALOR Y PRECIO

OPINIÓN

02 feb 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Llega la hora de la verdad para el problema de fondo de la deuda soberana griega: que en sus actuales términos resulta impagable. Parece claro que el escenario europeo de los próximos meses vendrá marcado por cómo se afronte esta cuestión. La primera respuesta llega de los Gobiernos que han impuesto la línea de política económica desde el 2010 (es decir, los de Alemania, Holanda y Finlandia): nada hay que negociar, pues los contratos de deuda, como todos los demás contratos, están para cumplirlos punto por punto. Esta posición parece ahora apuntalada por nuevos socios -como nuestro Gobierno y el portugués-, que temen un eventual éxito griego como a la peste, calculando los efectos que tal cosa podría traer sobre sus propios electorados.

Estas razones, que llevan al «que paguen hasta el último céntimo en tiempo y forma», descansan sobre una fuerte lógica política (en el caso centroeuropeo, la continuidad de la apuesta de la troika: intercambiar apoyo financiero por duras reformas; en el nuestro, el puro interés electoral). Por el contrario, la reflexión económica y, sobre todo, el conocimiento de la historia de las finanzas conducen a ver la cuestión en clave muy distinta. Cuatro importantes argumentos nos encontramos aquí.

El primero es que nada habría de nuevo, pues las reestructuraciones de deudas con quitas negociadas se cuentan por docenas desde 1900 (algunas de las más notables tuvieron como beneficiario al país ahora más intransigente, Alemania). El ya famoso libro de Carmen Reinhart y Ken Rogoff, Esta vez es distinto, lo documenta en detalle. La segunda razón es que los acreedores también tienen su responsabilidad en el fiasco, pues en época de bonanza colocaron sus fondos sin un correcto cálculo de los riesgos. Muchos bancos centrales o entes reguladores, o el FMI, han entonado el mea culpa sobre el falso clima de confianza que contribuyeron a crear con sus doctrinas de «unas finanzas al fin estables», lo que refuerza ese argumento.

En tercer lugar, el precedente de renegociación no es necesariamente malo: son muchos los analistas de primer nivel que ven como inevitable una reestructuración general de las deudas de múltiples países (entre ellos, el nuestro) en el próximo lustro: resolver bien este caso pondría buenos cimientos al complejo proceso de acuerdos globales que probablemente viene.

Y en cuarto lugar, la historia también muestra que las quitas unilaterales llevan al desastre absoluto a quienes las hacen. En el caso griego, no hay duda de que la primera consecuencia sería la salida del euro, y a partir de ahí varios pasos adicionales en el abismo de depresión.

Pero el resto de Europa también se vería afectado: entre otras cosas, muchos verían la eurozona solo como un área de tipos de cambio superfijos, de la que cualquier miembro puede salir en cualquier momento. Algo que sería muy grave en el medio plazo. Los incentivos para negociar son fuertes para todos, no solo para los griegos.