Pablo Iglesias quiere apropiarse de la «gente» y de «los de abajo», como si fueran patrimonio suyo. Hablar en nombre de lo que antes se llamaba «pueblo» es un camino muy peligroso. Mariano Rajoy quiere apropiarse de España, dice que no va a tolerar que se hable mal de ella, confundiendo interesadamente las legítimas críticas a su gestión con ataques al país. Pedro Sánchez, que bastante tiene con desviar las balas de fuego amigo que le llegan desde su propio partido, quiere apropiarse en nombre del PSOE de todos los avances sociales que ha habido desde la transición, como si no fueran por encima de todo obra de la lucha, el esfuerzo y el trabajo de los ciudadanos. Todos quieren apropiarse de algo que no les pertenece en este decisivo año electoral. A Pablo Iglesias hay que decirle que mucha gente de abajo no le votará y no por eso dejarán de ser gente ni de abajo. A Rajoy hay que dejarle claro que no se trata de dibujar una España negra sino de poner de relieve los estragos que ha causado una forma de gestionar la crisis que ha dejado en la cuneta a millones de ciudadanos mientras una minoría continuaba forrándose. A Pedro Sánchez, con copia a Susana Díaz, hay que señalarle que presumir de logros sociales cuando, por ejemplo, la desigualdad creció dramáticamente en España durante los tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero o Andalucía, gobernada desde siempre por los socialistas, ostenta el triste récord de paro en España, es al menos atrevido. Sería menester que los señores políticos dejaran de apropiarse de lo que no es suyo, y no me refiero en esta ocasión a los mangantes corruptos. Pero es demasiado pedir, sobre todo cuando las urnas están tan cerca.