El derecho al bocadillo


Triste crepúsculo del movimiento obrero. Los trabajadores de antaño luchaban por el derecho de huelga, la jornada de ocho horas o un salario digno para todos. Los precarizados trabajadores de hoy pelean por un sueldo de subsistencia y el bocadillo de media mañana. Aquellos se organizaban en sindicatos para dar curso a sus reivindicaciones. A estos, despojados de derechos por los Gobiernos y abandonados a su suerte por sus compañeros veteranos, solo les queda el último recurso del Tribunal Supremo. Y únicamente ahí encuentran eco sus justas demandas.

¿Exagero? Juzguen ustedes por sí mismos. En una empresa llamada Logista, cuya plantilla supera el millar de empleados, patronal y dos sindicatos -UGT y CSIF- pactan un nuevo convenio colectivo. El nuevo texto discrimina a los nuevos contratados, los hijos de la reforma laboral, que entran en la compañía. Trabajarán 70 horas anuales más que los antiguos -1.700 en vez de 1.630- y ganarán menos, al establecerse una doble escala salarial. A diferencia de sus compañeros, no tendrán derecho a media hora remunerada para el bocadillo mañanero. Si quieren comer, que lo hagan en su tiempo libre.

El insolidario acuerdo, recurrido por un sindicato sin implantación en la empresa, acaba de ser anulado por la Audiencia Nacional y, en casación, por el Supremo. El alto tribunal falla que la «pausa del bocadillo» debe ser considerada tiempo efectivo de trabajo a todos los efectos y para todos los empleados. El convenio vulneraba el derecho constitucional a la igualdad. En este paradójico mundo de nuestros días, donde un Papa denuncia los desmanes del capitalismo y el obrero tuerto trata de conservar su ojo a costa de cegar al recién llegado, tampoco debería extrañarnos que el Tribunal Supremo se convirtiera en la central sindical de aquellos que no encuentran otro amparo.

El caso ofrece varias lecciones. Muestra cómo funciona la diabólica máquina que, para abaratar costes y ganar competitividad -o simplemente incrementar beneficios, como los tribunales constatan en el caso de Logista- tritura el empleo fijo y lo transforma en zorza precaria. Enseña también cómo la insolidaridad de los trabajadores engrasa la progresiva pauperización del trabajo. A cambio de conservar mi derecho al bocadillo, admito que los nuevos -mis hijos- lo pierdan. Pero esa concesión, que refuerza el carácter dual del mercado de trabajo -trabajadores de segunda y trabajadores de tercera (los de primera clase, ya en vías de extinción)-, solo es una estación de tránsito. El tren no se detendrá hasta la sustitución total de empleo fijo por empleo precario low cost.

De hecho, abundan las voces que reclaman mayor celeridad en ese proceso de sustitución: todas las que demandan otra vuelta de tuerca a la reforma laboral o las que abogan por un contrato único. ¿O acaso piensan ustedes que Juan Rosell, presidente de la CEOE, propone un contrato único para acabar con la precariedad e igualar a todos los trabajadores en derechos? Desconfíen y, en caso de duda, recurran al Tribunal Supremo.

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