El nacionalismo gallego lleva medio siglo demostrando que rara vez deja pasar una buena oportunidad de equivocarse.
Lo hizo con la Constitución, que rechazó radicalmente, pese a que aquella abrió en España el más largo y fructífero período democrático de toda nuestra historia. Repitió, poco después, con el Estatuto, que dio lugar a una descentralización equiparable a la de cualquier Estado federal. Y se coronó de gloria, en fin, al rechazar la entrada primero en la CEE y en la UE luego, proceso integrador esencial para modernización económica y social gallega.
Pero el nacionalismo no solo yerra a lo grande, sino también en lo pequeño, pues trabaja sus equivocaciones con el primor de los orfebres. Fernando Hidalgo explicaba el lunes muy bien en este espacio el disparatado comunicado del BNG sobre la gravísima trifulca que se produjo en Madrid entre las hinchadas delictivas del Dépor y el Atlético, pelea que habría sido para nuestros nacionalistas ¡un ataque más a las nacionalidades históricas por parte del fascismo españolista! Es curioso que una organización que proclama desde hace décadas que representa mejor que nadie a los gallegos (las mismas que lleva perdiendo elecciones por goleada frente a unos supuestos partidos sucursalistas de Madrid) demuestre tal lejanía para entender lo que acontece en su entorno más cercano. ¿Qué decir, sino, de estos BNG blues que muestran a favor de los del Dépor el mismo sectarismo que los de la grada en contra de los competidores de su equipo?
Porque lo sucedido en Madrid, lejos de representar una agresión fascista a las nacionalidades (¡menudo desvarío!), no es más que otro gravísimo episodio de la violencia en el deporte, fenómeno por desgracia universal. Los responsables policiales deben explicar, desde luego, cómo tal cosa pudo llegar a suceder. Pero, más allá de depurar esas responsabilidades, son los clubes y la propia liga profesional los que tienen el deber indeclinable de acabar de forma radical con una hinchada que, mucho más aficionada a la violencia que al deporte, ha sido tolerada e incluso impulsada por los clubes al servicio de una estrategia en la que el negocio deportivo (plagado de pillos, cuando no de puros delincuentes) prima con claridad sobre el deporte.
No hay hinchada violenta buena y mala, como piensan algunos, que toleran la barbarie de los suyos y critican la de los contrarios. Ni tampoco una es mejor que otra en función de las supuestas banderas ideológicas que exhiben, pues los palos, las barras de hierro y las navajas se comen cualquier ideología. La violencia en el futbol es una basura que debe ser barrida sin contemplaciones, comenzando por lo más elemental: prohibir a los radicales la entrada en los estadios. Pues el fútbol vive de los aficionados, no de los matones.