Que haya a estas alturas quien defiende la paralización de las obras del tren de alta velocidad a Galicia parecería fruto de una maldición que retrasa históricamente las conexiones ferroviarias gallegas si no fuese una propuesta absurda, además de profundamente injusta para una comunidad condenada al aislamiento.
No parece lo más inteligente paralizar unas obras en fase avanzada, cuando se está comprobando como la puesta en marcha de tramos con velocidades más propias del siglo XXI que del XIX ha disparado las cifras de usuarios del ferrocarril. Por no hablar de ahorro energético frente a otros modos de transporte
Mirar el gráfico de la alta velocidad española actual es un argumento más de lo absurdo que resultaría dejar sin conexión los tramos ya realizados entre Ourense y A Coruña por una parte y desde Madrid hasta Zamora -adonde llegará el año próximo- por otra.
Quizá quienes defiendan tales posiciones prefieran que los túneles ya construidos entre Zamora y Ourense se dediquen al cultivo de champiñones o que las plataformas de muchos kilómetros que permanecen a la espera del tendido de vías sigan hasta nueva orden como lugar de paseo para los jubilados de las aldeas próximas. Al fin y al cabo, albergar jubilados parece el destino que la falta de ideas contempla para amplias zonas de la Galicia interior.
Así tampoco tendría mayor importancia que quedase sin uso la inversión realizada en expropiaciones y derribo de viviendas afectadas, o que cientos de hectáreas de fincas y bosques hubiesen sido arrasados y apisonados para nada. Al fin y al cabo, durante décadas tampoco se han articulado alternativas para rentabilizar los miles de hectáreas de superficie forestal de Galicia. Que siga aislada y atrasada.