A sí somos. O así son. Transversal dicen las encuestas que es el voto que ha disparado a la marca blanca Podemos hacia el segundo puesto (¿o será el tercero o el primero?) de la política nacional. Los votos (los cabreados) le llegan al apóstol Pablo Iglesias desde la izquierda (donde nació), el centro (donde quiere ubicarse) y la derecha (a la que desea sustituir en la Moncloa). La Moncloa es la única batalla que piensan dar estos profesionales de la política. Ellos no se exponen a todo, como hace Pedro Sánchez (al que solo le falta salir en procesión en Sevilla en Semana Santa). Podemos mantiene un perfil bajo o mínimo con Cataluña y no quiere líos con las municipales ni las autonómicas. Se diluyen, si es necesario. Son agua. Solo aparecen en los mítines de millonaria audiencia de las televisiones cuando el tema es la corrupción, que tantos votos les presta. Ahí sí. Cuando la corrupción suena, hasta Pablo Iglesias (recién entronizado este finde) hace declaraciones. Y, volviendo al principio de este texto, es que la corrupción también es transversal, como los votos de aluvión de Podemos. Dos expresidentes del PSOE al Supremo por los ERE en Andalucía, el minero Villa y su fortuna... No es solo el PP, Bárcenas y los viajes en avión. Hay para todos. Es esa suma con la que hace caja de forma magistral, de momento, Podemos, gracias a su condición virginal.