Unos tipos con principios


La realidad, ya lo sabía Oscar Wilde, imita al arte. Nunca al revés. Al arte genuino la realidad no le interesa nada, solo la verdad, que es algo muy diferente.

Lo de que la realidad imita al arte no es una frase más o menos sonora de finales del siglo XIX. La literatura y el cine, por ejemplo, han ido modelando la forma de actuar de los delincuentes. Ocurrió con la saga de El Padrino. Primero los camorristas, mafiosos y gánsteres se rieron mucho con esa visión sofisticada que Mario Puzo y Coppola daban de un oficio desempeñado por gañanes, tipos rudos y directos que resolvían sus problemas a puñetazos, navajazos o tiros (no siempre por ese orden necesariamente).

Pero entonces llegó la prosa de Puzo y la elegante trilogía de Coppola y los capos se reinventaron, haciendo de guionistas de sí mismos a la busca de la gran frase.

-Le haré una oferta que no podrá rechazar.

Marlon Brando, Robert de Niro y Al Pacino derrochaban clase, así que los mafiosos se pusieron a copiar los usos y costumbres de aquellos Corleone, que eran más refinados, astutos y certeros que el auténtico sindicato del crimen. Aunque si me imagino a uno de estos profesionales a pie de calle a quien veo es al iracundo Joe Pesci de Uno de los nuestros o Casino y, por supuesto, al inmenso Tony Soprano, al que James Gandolfini dibujó, como nunca nadie lo había hecho antes, emborronando las delgadas líneas rojas que separan a un honesto padre de familia de un empresario algo expeditivo a la hora de llevar su día a día.

No sé por qué extraño motivo me he acordado ahora de los mafiosos al leer y releer que algunos amados líderes de la patria se fundían nuestra pasta en ERE más falsos que el gato chino que levanta la patita, viajes Love is in the Air a Canarias y cursos de formación en los que solo faltaban una güija y la Santa Compaña sentada al pupitre.

Y digo que no lo sé porque al menos aquellos mafiosos, como los mismísimos piratas, manejaban un código de honor con unos ciertos principios. Tenías dos opciones: o respetabas las reglas o lo pagabas con el propio pellejo.

-No es nada personal, son solo negocios.

Cuando en el 2007 detuvieron a Salvatore Lo Piccolo, el jefazo de la Cosa Nostra, la policía encontró entre sus papeles algo así como el decálogo del buen mafioso, con unas reglas básicas de convivencia que exigían estar siempre disponible, no echar el ojo a las esposas de tus amigos, no poner los cuernos a tu mujer, no robar a compañeros de oficio, ser siempre puntual o decir en todo caso la verdad. Aquello parecía el reglamento interno de los boy scouts, salvo por el pequeño detalle de que se ponía límite al adulterio, pero no a otros hobbies como el asesinato o la extorsión.

Ya sé que aquellos mafiosos eran unos criminales desalmados que estuvieron a punto de destruir la civilización occidental y todo eso, y nadie está comparando aquí la política con la Cosa Nostra. Pero sería gracioso ver cuántos de nuestros queridos imputados sacaban un cinco raspado en el test Lo Piccolo de buena conducta.

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