Más madera


En 1940 una fraternidad marxista-surrealista protagonizó una película memorable: Go West. Dice Chico: «¿Dónde está el tren?». Groucho: «¿El tren? En la vía. No acostumbra a venir aquí», y añade: «¿No querrá que le devuelva nueve dólares?». «¡Nooooooo!», replica Chico, deme cinco y luego cuatro. Versión aquí y ahora del cada uno a lo suyo: «¿Y la independencia?», pregunta Mas. «No toca», responde Rajoy, «¿quiere algo a cambio?». «Nooo», replica Mas, «solo lo mismo, pero con otro nombre». Y ninguno mueve su posición ni un milímetro en un inaudito diálogo de sordos entre Gobiernos.

Hace nueve años se vivió una situación similar aunque en un contexto muy distinto. El deseo soberanista de Euskadi agotó todos los cauces legales capitaneado por el nacionalismo conservador frente a una España donde los socialistas volvían al poder dispuestos a abordar el «problema territorial». En el Congreso se rechazó el Plan Ibarretxe tras una comparecencia ejemplar del lendakari, algo que el president Mas no supo o no quiso hacer.

Tras el breve lapso de la presidencia de Patxi López, a día de hoy el PNV vuelve a gobernar, el nacionalismo de izquierda radical ha renunciado a la lucha armada, gobierna ciudades y tiene una amplia presencia en las Cortes. Pero, que se sepa, los independentistas vascos no han tirado la toalla esperando el momento adecuado para una batalla que solo darán para ganarla cuando se den las circunstancias adecuadas para Euskadi, España y la UE.

En todo caso «el desafío vasco» no se vivió como un camino sin retorno, ni el Ministerio del Interior reforzó la presencia policial en el territorio, ni Europa llamó al orden, ni un presidente autonómico aludió a la esperable reacción violenta de una ciudadanía airada como argumento disuasorio... Entonces ¿por qué el nacionalismo catalán, desde la derecha convergente hasta la Esquerra radical, plantea ahora su propuesta sin revisar la experiencia vasca, confrontando con el nacionalismo español más rancio y sin importarles la imposibilidad de diálogo institucional? Tal vez porque la independencia sea la excusa para cuestionar un Estado autonómico basado en el «café para todos». O porque necesitan crear una cortina de humo para disimular que comparte plenamente el desmantelamiento neoliberal del Estado del bienestar. O, probablemente, porque constate que nunca como ahora ha existido una oportunidad en esta España débil, sin peso ni poder en los foros mundiales, sin voz ni influencia en el escenario político europeo, y con un Gobierno en caída libre cuyo mérito es hacernos líderes en desempleo, pobreza, corrupciones generalizadas, servilismo ante los mercados y con el mayor descrédito de la política en la historia de la democracia.

Pero, ojo a las consecuencias. A la propuesta de los hermanos Marx: «El freno, use el freno», Mas y Rajoy responden, inconscientes: «¡Es la guerra, traed madera, más madera!».

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