Era la estrella del circo italiano de la familia Rossi. La primera temporada de gira por España se hacía llamar Circo Jumbo, como la elefanta que lideraba el trío de paquidermos que actuaba en su pista.
El número consistía en afeitar cómicamente a un espectador al que se le embadurnaba la cara con espuma jabonosa. El animal, sujetando en su trompa una falsa y gigantesca navaja de afeitar, rasuraba la supuesta barba al voluntario. Era una parodia muy celebrada entre la concurrencia, que aplaudía al elefante barbero.
El circo acudió al madrileño barrio del Pilar y levantó los mástiles de su carpa durante varias semanas. En muchas ocasiones asistí a las funciones del circo de Claudio Rossi, que ya lleva más de treinta años en España. El circo cambió de nombre, se llamó Deros y por fin consolidó su denominación convirtiéndose definitivamente en el Circo Italiano.
Seguí a lo largo de una década a aquella elefanta -en los circos, los números de elefantes son siempre realizados por elefantas- tremendamente humana, la estrella del espectáculo de los Rossi que adiestraba Luigi. Y un día, poco tiempo después de fallecer el propietario del circo, Claudio Rossi, fue vendido el trío de paquidermos al circo danés Arena, de Berni Berdino.
La vida es caprichosa y va llevándonos allá donde el destino nos convoca, y casualmente estando yo hace una semana en Copenhague, recibo una llamada de unos muy queridos artistas españoles que actuaban en Roskilde, una ciudad cercana a donde yo estaba.
Tomamos mi mujer Milagros y yo un tren y asistimos a la función de tarde del circo Arena, tras disfrutar de la conversación amena con mis amigos los Rampin y con el clown italiano Jinmy Folco, también componente del elenco del circo danés.
Al principio del espectáculo, el locutor anuncia el número de los elefantes y salen a la pista los tres paquidermos liderados por mi vieja amiga Jumbo, que aquí se llama Jungla. Al verlos, sin saber previamente que estaban en activo en ese circo, sentí un estremecimiento, miré fijamente a Jungla, y aunque sé que es muy difícil de creer, vi cómo mi vieja amiga me reconocía y me guiñaba un ojo. Créanme que fue como se lo cuento. Casi treinta años después, volvía a ver al animal que una tarde de otoño saludé por vez primera en una pista de circo.
Seguramente son cosas de las gentes del camino. Pero la protagonista de mi reciente novela, Zara, la elefanta, me tenía especialmente sensibilizado en esa tarde de final de agosto donde el azar y un cúmulo de circunstancias casuales provocaron el reencuentro.
En Escandinavia, los circos solo prohíben los números de animales enjaulados. Los elefantes artistas son los más aplaudidos por el universo infantil que llena todos los circos del mundo.