Resulta patética la prisa que les ha entrado por regenerarnos, ahora que se acercan las elecciones. De repente, después de tumbar hasta en nueve ocasiones en un año diversas iniciativas en el Parlamento, el regenerador Gallardón propone reducir los aforados de 17.621 a 22. Tras una catarata de casos de corrupción que han contribuido a ahondar el desprestigio de las instituciones y la clase política, el Gobierno y la oposición se disponen a negociar un paquete de medidas de regeneración democrática para tratar de combatirla. El partido de los tres extesoreros imputados, el que dijo que Gürtel era una conspiración, el que presuntamente se financió irregularmente, el de Matas y Fabra, considerados en su día un ejemplo por Rajoy, va a marcar las nuevas normas regeneradoras. Y si no son suficientes ahí está el partido de los ERE, los cursos de formación, el de la defensa numantina de los «honestos» Chaves y Griñán, para aportar otras que no se le ocurrieron en ocho años de gobierno. Siempre nos quedará, por si falta algo, la formación que fundó Pujol, siempre dispuesta a dar lecciones morales a los demás. Pero la medida estrella con la que Rajoy quiere regenerarnos es la llamada elección directa de alcaldes. Nada de instaurar las primarias obligatorias en los partidos ni de listas abiertas o desbloquedas: la regeneración propuesta consiste en cambiar las reglas de juego a nueve meses de las elecciones. Algo, que si creemos lo que dijo el presidente en el 2013, no hará por mayoría sino solo si existe un «gran consenso». Olvidar la palabra dada para tratar de sacar ventaja electoral no sería nada regenerador. Y de lo que se trata es de regenerar la democracia. ¿O no?