El besamanos


Como anfitriones somos de lo mejorcito que hay. Acogedores, corteses, educados, atentos, buenos conversadores y obedientes. Sobre todo, obedientes. Lo hacemos tan bien, somos tan profesionales, que nuestros invitados marchan encantados y con ganas de repetir. Es lo que le ha ocurrido a Frea Merkel, tras casi dos días en Compostela de la mano del presidente Rajoy.

La visita de la canciller alemana como besamanos nos ha quedado insuperable. Digámoslo claro. Hotel de cinco estrellas, restaurante de lujo, tramo del Camino sin dificultades, la policía empleándose con los protestones, visita al santo, muchas sonrisas y ninguna lágrima. Eso pese a que la situación es la que es, en gran medida por las decisiones de Frau Merkel que no está por la labor de enterarse de que la austeridad no conduce a ningún buen lugar.

Y, pese a ello, nadie en este besamanos le ha explicado, por si lo desconoce, que en España las estamos pasando canutas; que aquí malviven 2,3 millones de niños; que los empresarios están asfixiados, que somos de los países que más recortamos las coberturas sociales; el de mayores desigualdades de la OCDE, que somos los más insatisfechos de Europa y que el 95 % creemos que nos iría mucho mejor si decidiésemos nuestro futuro al margen de Alemania.

Por el contrario, entre xouba y pementiño y pementiño y xouba, hablaron de más austeridad, más reforma administrativa, que siempre se reduce a ir a la cartera del funcionario, y a buscarle un cómodo futuro al señor De Guindos, que bien merecido lo tiene después de haber hecho el trabajo encomendado.

«Me llevo un recuerdo para toda la vida», dijo como resumen la canciller. No nos sorprende. En reverencias, obediencias, genuflexiones y besamanos no hay quien nos gane.

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