Berta fue una de esas mujeres que llegó a la universidad cuando si eras de clase media solo podías hacerlo con un expediente sobresaliente y la ayuda de una beca. Y trabajando durante el verano. Pero lo hizo. Lo de las escuelas infantiles y el comedor escolar era excepcional allá por finales de los 70 y principios de los 80, así que para conciliar echó mano de encaje de bolillos y dinero. Todo en aras de prosperar, conseguir una sociedad con mayores índices de bienestar, y que sus hijos compartiesen los logros que entre todos los trabajadores estaban alcanzando.
Las reglas de juego estaban encima de la mesa. Poco a poco mejoraron los servicios sociales. El ahorrador tenía más capacidad económica y tras décadas trabajando llegaba la jubilación. Hete aquí que llegó la crisis, y Berta, válida pero mayor, acabó en la calle. El problema de Berta es que tras tener un salario digno durante muchos años, se enfrentaba a una jubilación mísera si no cotizaba los años que le quedaban hasta poder acceder a un retiro. Las reglas de juego le ofrecieron una salida a los dos años de paro. Cotizar por su cuenta una cantidad económica mensual, nada desdeñable, para poder lograr a los 61 una jubilación que le permitiese vivir. Fue un esfuerzo ingente, otro sacrificio, pero lo hizo pensando en su futuro. Pero entonces las reglas de juego cambiaron. No, Berta, hay que seguir cotizando de tu propio bolsillo hasta los 63. Eso ahora, quizás cuando te acerques a los 63, volverán a cambiar las normas y seguirán riéndose de ti y de tus 35 años de trabajo. Tal vez pensaste que merecías un respeto, ingenua. ¿Qué ocurre, es que no tienes cuentas en Suiza o una indemnización millonaria como los ex banqueros para ir tirando?