Y después Alejo


La literatura, como toda creación, son eslabones. Es evidente que uno de los méritos de García Márquez es el de servir de puerta de entrada a la prosa de Alejo Carpentier. Gabo fue mucho más mediático. Se coronó en seguida como virrey del bum latinoamericano y del realismo mágico, pero mucho antes ya existía (y Gabo lo sabía bien) otro autor, este cubano, llamado Alejo Carpentier. Dos décadas antes de que García Márquez hiciese que el padre de Aureliano Buendía lo llevase a conocer el hielo, tal y como comienza Cien años de soledad, Carpentier ya había escrito tomos y tomos con una literatura que reivindicaba lo real maravilloso como una única manera de contar los prodigios y exageraciones de América Latina. Y donde Gabo es brillante, Alejo Carpentier es increíble. Cierto que más difícil y mucho más denso que Gabo, pero Carpentier es uno de los genios de la literatura universal. Sus novelas son sinfonías. Las palabras suenan en las manos de este cubano, que escribía como si los diccionarios fuesen cataratas de palabras. Si Gabo les lleva a Alejo Carpentier, es que llevan buena ruta. Y entren en Carpentier, por ejemplo, para empezar poco a poco, por El reino de este mundo, donde verán cómo la independencia de Haití se puede contar como un sortilegio.

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