Parecía que con Pescanova lo habíamos visto todo. Pero no. La ambición humana no tiene límites. La torpeza de los supervisores, tampoco. No fueron ellos los que destaparon el engaño. Jenaro García levantó un castillo de naipes frente a sus narices, y no solo no lo vieron, sino que lo colmaron de elogios. Y de premios. Tuvieron que venir los de Gotham para que abrieran los ojos. Y, aún así, no se lo creían. De hecho, tardaron dos días en reaccionar. Lentos, como con Pescanova. Y mientras, el dinero de los inversores se evaporaba. Ahora, todos hacen leña del árbol caído. Jenaro García es un hombre sin escrúpulos que nos ha engañado a todos, es lo que vienen a decir. Eso y que las reglas del juego son las mismas que en otros mercados similares repartidos por el mundo. Triste consuelo para los aproximadamente 5.000 pequeños accionistas que colocaron su dinero en Gowex y que, posiblemente, no vuelvan a verlo jamás. Dijo ayer De Guindos en Bruselas que hay que legislar para que esto no vuelva a pasar. Falta hace. Ya tenían que haberlo hecho.