Secuestros


Ya casi nos habíamos olvidado de la suerte de las más de trescientas adolescentes nigerianas secuestradas el 14 de abril en Chibok por el grupo terrorista Boko Haram, cuando la captura de otras cien niñas en el estado de Borno han vuelto a traer a la palestra a estos canallas que, con la excusa de la imposición de la ley islámica, se dedican a saquear poblaciones y apoderarse de féminas con las que saciar su apetito sexual.

A unos cuantos miles de kilómetros al norte, otro grupo terrorista, Hamás, ha llevado a cabo el enésimo acto de provocación contra Israel, secuestrando a tres adolescentes judíos. La más que esperada reacción del Gobierno de Tel Aviv, entrando como un elefante en una cacharrería en busca de los jóvenes, sirve a los fines de esta organización terrorista, prácticamente en bancarrota, avergonzada por no ofrecer la prosperidad que goza la Autoridad Palestina en Cisjordania, y casi condenada al olvido tras el inicio de la guerra civil en Siria.

Sorprende que, frente a la atención mediática a estos eventos, el secuestro por el EIIL, el 30 de mayo, de 186 estudiantes kurdos que regresaban de Alepo tras presentarse a sus exámenes de fin de curso, haya pasado casi desapercibido. Retenidos para ser instruidos en la fe islámica, su destino, si nadie pone remedio, es engrosar las filas del EIIL.

Los secuestros son solo un síntoma de la capacidad terrorista que se aprovecha de la debilidad de los gobiernos y los conflictos internos de países como Nigeria, Palestina o Siria. Mientras no traspasan fronteras, los terroristas nos preocupan, pero ¿qué pasa cuando se envalentonan y empiezan a invadir otros países, como el EIIL en Irak, y amenazan con cambiar los mapas y la historia?

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