Felipe VI y las lenguas


S i, como sentencia Shakespeare, bien está lo que bien acaba, el discurso de Felipe VI en su proclamación como rey, si nos atenemos a sus últimas palabras, no pudo estar mejor. Sus palabras finales fueron: «Muchas gracias. Moltes gràcies. Eskerrik asko. Moitas grazas». A quienes amamos las lenguas, oír esta frase de agradecimiento del rey en las cuatro lenguas oficiales del Estado nos alegró al menos unos instantes de aquella mañana del jueves tan rotundamente monárquica que estuvieron prohibidas en Madrid ya no solo las manifestaciones y la exhibición de símbolos republicanos sino incluso las fantasías tricolores.

Las lenguas son fantásticos instrumentos de comunicación y también armas terroríficas que, con no poca frecuencia, utilizan los Estados contra algunos sectores de su población. La dictadura de Franco masacró el catalán, el euskera y el gallego con las catastróficas consecuencias que todos conocemos. Ahora, por ejemplo, la Generalitat de Catalunya impone la inmersión lingüística en catalán y niega -con similar odio al que los represores franquistas sintieron por los otros idiomas-, la educación en castellano a los catalanes para quienes el castellano es su lengua materna. En el inicio de este nuevo reinado sería una buena noticia que RTVE y las televisiones autonómicas abrieran sus telediarios con saludos en castellano, catalán, euskera y gallego como expresión de nuestra profunda simpatía por unas lenguas maravillosas que tanto enriquecen nuestras vidas.

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