El BCE: la uci de los austericidas


Como destacado miembro -junto al FMI y la Comisión Europea- de la troika, el BCE es el máximo responsable de que en la gestión de la crisis que golpea a los países de la eurozona (y singularmente a los del sur) no se haya imitado la estrategia anglosajona (de los bancos centrales de EE.UU. y el Reino Unido) y, por no hacerlo, nos encontremos en estancamiento económico, con un elevado desempleo, en riesgo de deflación y con un euro revaluado.

De manera muy singular, el BCE ha venido alimentado durante los últimos años sucesivas oleadas de medidas de devaluación salarial y de ajustes fiscales (es decir subidas de impuestos y reducciones de los gastos en servicios públicos preferentes) que han provocado un desplome de la demanda interna de nuestros países. Ante semejante atonía de la demanda, los precios se han congelado, lo que retroalimenta que los consumidores esperen al futuro para sus gastos. Un austericidio en toda regla. Semejante política ha venido acompañada de un efecto colateral también pernicioso para la otra pata de la posible salida del laberinto: la apreciación del euro. De manera que exportar se hace cada vez más dificultoso.

Llegados al punto de la muerte por asfixia económica (ni la demanda interna ni la externa pueden respirar) el BCE se ha visto obligado a aplicar medidas que nos salven de él mismo. Se trata ahora de intentar recuperar la demanda interna para evitar la deflación y depreciar el euro para no dañar más las exportaciones. Si las cosas saliesen bien, los consumidores y las empresas volverían a tener créditos. No es nada seguro que eso ocurra. En primer lugar, porque los bancos (que es a los que el BCE facilita los recursos a bajo coste) vienen teniendo necesidades más urgentes, como sanear sus activos tóxicos, o bien negocios más rentables y seguros, como comprar deuda pública. En segundo lugar, porque el problema que no se enfrenta (el desempleo y la persistencia en la devaluación salarial) condicionará que los hogares se retraigan a endeudarse. En tercer lugar, porque el mercado bancario europeo está roto y cada país sufre una particular prima de riesgo para los créditos a su sector privado. Demasiados condicionantes.

¿Habría otro camino? Sí: enfrentar directamente el problema del desempleo y del endeudamiento público dentro de la eurozona. En vez de limitarse a facilitar a los bancos renovados negocios, actuar como prestamista directo de los Estados para que no tengan que gastar tanto en intereses como en sanidad. Y para que, con esos recursos, se alimenten programas de inversión pública en sectores considerados estratégicos y de futuro. Y que así, de paso, la senda austericida de más impuestos y menos servicios públicos se pudiese aflojar. O que la apreciación del euro no se fumase los esfuerzos competitivos de la devaluación salarial.

Pero para eso se necesita que el BCE dependa de un Parlamento y de un Gobierno de la eurozona que tenga un presupuesto. Y de esto nadie sabe nada.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
27 votos

El BCE: la uci de los austericidas