Pensar en una monarquía moderna es un oxímoron. La monarquía es una institución predemocrática, aunque solo sea por el hecho de que un rey no se elige y que ningún ciudadano del común puede postularse al cargo. Por eso la monarquía solo puede ser una institución tradicional.
El lugar de un rey es un lugar de excepción. Es uno no como los demás. Por eso un rey no podía estar bajo el imperio de la justicia común y su semblante siempre era respetado. Podía tener una vida privada licenciosa, que nadie se la reprocharía. Podía tener privilegios y prebendas económicas que nadie las haría públicas. Pero esto pagaba un precio. El no ser como los demás implicaba, por ejemplo, no poder elegir con quién casarse.
El problema de las monarquías parlamentarias es que los miembros de las casas reales, sin dejar de ser aristócratas, sin dejar de estar legitimados por la sangre y la familia, quieren estar en lo mismo que todos. Quieren, por ejemplo, poder casarse por amor. Pretenden estar en la norma y en la excepción al mismo tiempo, y pretenden además estarlo en la época de la tiranía de la transparencia que ya no respeta ningún semblante. Esto hace que la institución monárquica (al margen ya de las conductas poco ejemplares de algunos de sus miembros) esté tocada.
Se recordará mucho estos días que el rey don Juan Carlos cumplió una misión histórica fundamental para hacer posible la transición pacífica a la democracia. Pero por qué no pensar que la transición, desde una posición ética que tenga en su horizonte una democracia plena, no se completará hasta que el jefe del Estado sea elegido por sufragio universal. Aceptar una excepción a la democracia, en una democracia, solo puede sostenerse en la autoridad otorgada a alguien excepcional en una circunstancia excepcional. El soberano, como excepción, se legitima en la excepción a la que él responde. Algo de esto pudo avalar al rey don Juan Carlos, hasta que se hizo pública su cara más común. Tuvo que pedir perdón. Pedir perdón y el lugar de la excepción se revelaron incompatibles. Destituido del lugar del ideal, cuestionada incluso su gesta más gloriosa, aquel que debía una corona al padre la ha devuelto en su hijo.
Considero que hoy resulta oportuno recordar a Carl Schmitt quien, en su obra Teología política, afirmaba que «decidir si se puede o no eliminar el caso excepcional no es un problema jurídico. Abrigar la esperanza de que algún día se llegará a suprimirlo es cosa que depende de las propias convicciones filosóficas».