Hace cinco años, con el fin de motivar la participación electoral, el Parlamento Europeo lanzó una campaña de divulgación encabezada por un eslogan concluyente: «Europa hasta en la sopa». En consonancia con el lema, algunas estimaciones indican que el 80 % de las decisiones que afectan a la vida diaria de los españoles son adoptadas por instituciones de la Unión Europea. La supresión de las cuotas lácteas ?como ayer su implantación?, el etiquetado de los yogures o el «sufrimiento innecesario» al que fuimos sometidos ?afirmación del estadounidense Timothy Geithner? son medidas engendradas en algún despacho de Bruselas o de Estrasburgo (o de Berlín).
Allá se cuecen las habas y se hornea el pan, y allá se prescribe el aceite de ricino utilizado como laxante. Un allá que los ciudadanos perciben como lejano y difuso. No siempre fue así. En 1987, recién estrenado el carné que nos daba acceso al club, la abstención en las elecciones se reducía al 31 %. Hoy supera el 55 %. Pero incluso la mayoría de quienes acuden a las urnas no miran hacia Europa: emiten su voto en clave nacional. Unos, para fustigar las políticas de Rajoy. Otros, para expulsar de una vez a Rubalcaba. Los de más allá, para quebrar el sistema bipartidista y convertir la indignación en fuerza alternativa. Los nacionalistas catalanes, para hacer oír su grito independentista. El pretexto europeo para zurrase la badana en casa. Las europeas devienen así en elecciones de segunda división: una simple macroencuesta que sirve de precalentamiento para el partido decisivo que ha de jugarse en territorio nacional.
Europa pasa a segundo plano. Difuminada por el desencanto y corroída por su déficit democrático. Hubo un tiempo en que la construcción europea concitaba entusiasmo, aunque los críticos cuestionaban los planos del edificio y no faltaba quien acusaba a los arquitectos de empezar la casa por el tejado. Entonces se hablaba de armonización fiscal, y de cohesión para evitar la Europa de dos velocidades, y de contraoponer la Europa de los pueblos a la Europa de los mercaderes, y de caminar hacia la integración económica ?no solo monetaria? y política.
Después vino la crisis, se arrrumbaron las palabras hermosas y se agudizó la cojera democrática. La Comisión Europea, que nunca pasó de embrión de gobierno, se diluyó por completo. Los mercados, la troika y los estados ?unos más que otros y otro más que todos? asumieron férreamente las riendas de Europa, sin que haya constancia de que alguien los haya votado. El Parlamento, si bien el Tratado de Lisboa le asigna mayores competencias, nunca tuvo capacidad legislativa. Tenemos a Europa hasta en la sopa, es verdad, pero el ciudadano intuye que su voto pinta poco a la hora de cocer el caldo.