Pedir perdón


Son incapaces de pedir perdón; eso que hacemos los demás todos los días con absoluta naturalidad. Pero es que no lo sienten, ni tienen necesidad. El día en que la conselleira do Mar, Rosa Quintana, dijo estar dispuesta a pedir disculpas a los pescadores del cerco, si algo les había molestado, no nos lo creíamos.

Un cargo público, de este país nuestro, dispuesto a reconocer un error y, por tanto, dispuesto a pedir perdón. Vana esperanza, porque nadie siguió su ejemplo.

Llevamos años soportando exabruptos, groserías, ofensas y golferías. Y ellos, sin inmutarse. Lo acabamos de ver con la superioridad intelectual del candidato Cañete. Ni un lamento; más bien lo contrario. Valenciano también lo hizo.

Lo seguimos viendo con los siete magníficos del concello compostelano, que volverían a hacer lo que hicieron.

Y antes lo sufrimos con los de los sobresueldos, cuentas en Suiza y discos duros; con los de los ERE, los de los yernos pirañas, la atropella agentes, los ladrones y los de las mentiras y promesas incumplidas. Y ninguno hizo lo que a la gente normal nos enseñaron nuestros papás que había que hacer. Pedir perdón cuando se obra mal o se comete un error.

Y ahora vienen con la desafección y el desprecio hacia la clase política. Y los peligros que ello entraña. Lo que quiere decir que siguen sin enterarse de que somos nosotros los que les pagamos las vacaciones y los whiskis. Y que ya estamos extenuados de tanto desprecio.

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