El retiro de una activista


Ada Colau es uno de los personajes más incómodos para las clases dirigentes de España. Aunque solo sea por eso, me cae bien; me parece una gran ciudadana. En algunos medios informativos la odian. Recientemente fue víctima de una zafia agresión verbal en una tertulia de televisión. Ganó el rencor de toda la banca el día que llamó «criminal» a un directivo bancario, y nada menos que en el Congreso de los Diputados. Tiene una lengua brillante, apasionada y agresiva. Pone toda la pasión de sus creencias en aquello que defiende. Nunca supe si es la representación del pueblo que sufre o de una nueva demagogia que surgió con la crisis y se hizo inevitable ante la práctica de los desahucios, que eso sí que es agresividad.

Para este cronista es, además, el rostro visible de las víctimas que más han sufrido la crisis: quienes, por las razones que sean, han tenido que perder su casa. Supo crear un liderazgo social desde la nada, a base de valentía, de capacidad de movilización y de enfrentarse a todos los poderes. Supo hacer de la Plataforma Afectados por la Hipoteca (PAH) un foco de resistencia y un asomo de sociedad civil organizada. Fue excesiva y rozó el delito si participó en escraches o los promovió, porque eso es chantaje y violencia, pero se le puede comprender, nunca justificar, si se pone su dimensión humanitaria en el otro plato de la balanza.

Ayer, para satisfacción de quienes no la soportaban y la consideraban una especie de demonio, dimitió como portavoz de la PAH. Ignoro las razones profundas y últimas de su decisión, pero la creo cuando dice que ha cubierto su cupo de protagonismo y que necesita tener su cabeza en otras cosas. Sospecho que hay, además, algo de agotamiento, algo de cansancio por su excesiva identificación y no descarto que haya habido también algo de rendición ante el acoso permanente de las personas y poderes que se han sentido agredidos por ella y su plataforma.

Ante algunas de las agresiones, sátiras y críticas que ha recibido en los últimos meses, yo necesito defenderla. No quiero líderes sociales que ejerzan su liderazgo desde la intransigencia. Creo que hay métodos de discusión más civilizados que llamarle a alguien criminal. No se puede justificar el asedio a la vivienda de personas, aunque sean públicas y tengan responsabilidad política o económica, porque eso sería justificar la violencia como método de acción política. Pero miren ustedes: quien ha sido capaz de parar un desahucio, un solo desahucio, de una familia que no tiene donde cobijar a sus hijos merece un respeto. Me quedo corto: merece un aplauso. Ya sé que los bancos y los ejecutores de la hipoteca tienen la razón jurídica. Pero alguien debe imponer la razón moral.

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