El pasado 23 de abril, día de Sant Jordi, celebramos en Barcelona nuestro primer acto público como Societat Civil Catalana, plataforma que reúne a catalanes que tenemos en común el rechazo a la secesión de Cataluña y al proceso que conduciría a la misma. Ciertamente, aunque la separación aún no se ha producido, y quizás algunos piensen que no va a ocurrir nunca, a nadie se le escapa que se están dando una serie de pasos cuyo propósito es allanar el camino para que algún día pueda ser realidad.
La declaración aprobada en enero del 2013 por el Parlamento de Cataluña sobre el derecho a decidir y la soberanía del pueblo de Cataluña sigue siendo -pese a su parcial declaración de inconstitucionalidad- un texto clave para el «proceso»; un proceso en el que algunos parecen tener prisa en consultar al pueblo catalán. Seguramente no es ajeno a estas prisas el que una consulta sobre el futuro político del pueblo de Cataluña, incluso aunque se trate de una consulta no vinculante orientada a abrir un diálogo con el Gobierno español, supondría el reconocimiento de que el pueblo de Cataluña tiene derecho a pronunciarse sobre su futuro como colectivo.
El pueblo de Cataluña no es soberano, según ha establecido el Tribunal Constitucional en su decisión sobre la Declaración del Parlamento de Cataluña de enero del 2013; pero si se realiza una consulta sobre su futuro político se habría reconocido su carácter como pueblo; y de ahí a la soberanía tan solo hay un paso, que ya no debería examinarse con la lupa del Derecho Constitucional, sino del Derecho Internacional.
No es extraño, por tanto, que algunos catalanes veamos con gran preocupación los pasos que están dando nuestras instituciones (el Govern y el Parlament) hacia la ruptura de Cataluña con España y con la Unión Europea. Afortunadamente, sin embargo, se observan algunos cambios en las calles.
Desde la Diada del 11 de septiembre del 2012 las banderas separatistas -denominadas esteladas- han ido proliferando por los balcones de nuestros pueblos y ciudades. Ahora ya hay domicilios (y municipios) en donde la bandera que ondea es la catalana, es decir, la que no lleva la marca de la estrella separatista. Es reconfortante ver que en muchos balcones (la mayoría) no hay banderas (como en el de mi casa), en otros solo ondea la catalana o la bandera del Barça o ambas, y en muy poquitos -todavía- la bandera española; pero ¡hay variedad! Durante un tiempo, y en según qué barrios, la única bandera que se veía era la estelada.
Las distintas banderas me animan a pensar que tenemos una sociedad catalana plural con distintos matices y expresiones. Entre esas banderas viven muchos catalanes que todavía están ilusionados con mejorar un proyecto común, España, y en seguir avanzando en la construcción europea como ciudadanos de pleno derecho ¡No nos olviden, que haberlos haylos!
Susana Beltrán García es profesora de Derecho Internacional de la UAB e impulsora de Societat Civil Catalana.