La deuda interminable


Aunque son las deudas privadas las que superaron hace mucho, y en mucho, el PIB español durante la burbuja especulativa previa a la crisis, y no fuimos aún capaces de reducirlas de forma sustantiva (estamos en un 194 %), lo cierto es que la crisis ha desbocado el endeudamiento público. Pues, a pesar de los recortes en los gastos, los ingresos se han desplomado y de poco valen las sucesivas subidas de impuestos. Eso y los intereses de una deuda pública creciente abonan el círculo vicioso en el que nos movemos.

Pero como las medidas de ajuste adoptadas, más allá de no frenar la deuda que se acumula, generan depresión económica (ya llevamos dos), debe añadirse el efecto estadístico de un porcentaje de deuda sobre el PIB que crece al hacerse este menguante.

Para salir de este laberinto antes de llegar a una quita (como se ha hecho con los países rescatados en la eurozona) se haría necesaria la existencia de una financiación federal a escala europea de la deuda pública (eurobonos) que permitiera aligerar la carga de intereses, y, sobre todo, instrumentar una política económica que no tema a la inflación (en un nivel del 3 o 4 %) y que genere crecimiento económico. Justo lo contrario de lo que tenemos a día de hoy: riesgo de deflación y estancamiento.

Pues solo con un crecimiento sostenido del PIB y, moderado, de los precios será posible vislumbrar un paulatino desapalancamiento de nuestras deudas: públicas y privadas. Pero tal combinación no se la espera a corto plazo en estos pagos del sur de la eurozona.

Claro que uno puede consolarse alegando que Grecia ha retornado con éxito a los mercados de deuda después de un rescate, de varias quitas, de una aguda depresión? y de mantenerse aún en niveles de deuda del 177 % del PIB.

Pero la gigantesca demanda de bonos soberanos griegos puede también interpretarse como la prueba del algodón de que los mercados actúan en Grecia sabiendo que siempre estarán a cubierto (riesgo moral), aunque ningún indicador haya mejorado en aquel país. Deutsche Bank y JP Morgan vieron la semana pasada en Grecia lo que nuestros bancos nacionales llevan viendo desde hace meses con la deuda pública española: un suculento negocio.

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