C da vez hay menos esencia y más acumulación. Sale una joya, un libro sobre los diarios de viaje de Basho, que merece mucho la pena. Basho fue un maestro del haiku, ese poema japonés que en tres versos hace lo más difícil: resumir la eternidad. Y es que no son poemas lo que escribían los expertos en haikus, son ecuaciones. Fórmulas magistrales de estos poetas matemáticos de la naturaleza. Tres golpes y un mundo detenido. La música del viento en un árbol y un camino alfombrado de nieve y ya está. Una mariposa, sus alas, y una amapola son suficientes. Una capacidad única para desnudar el detalle. Basho: este camino ya nadie lo recorre salvo el crepúsculo. Insuperable. Imposible crear un torrente mayor con una gota de agua. En aquellos versos del Japón había mucha sabiduría y una reverencia absoluta a la experiencia, al viaje y a la edad. Se escribía de primera mano. No de tercera o cuarta. Había que vivir y sentir para decir. Sin hacerlo, era mejor el silencio. Contaba, y mucho, el recorrido. Las leguas recorridas por los pies. Los años de vida, no. Los años, con vida. Hoy da pena pensar en cómo serían esos haikus, probablemente parpadeantes y fosforescentes. Algo así como: sistema operativo bloqueado, me voy a volver loco sin WhatsApp, reinicie.