Decía J. Ortega y Gasset que la diferencia entre ideas y creencias consiste en que nosotros tenemos ideas, pero estamos dentro de nuestras creencias. Hay diferentes creencias: religiosas, culturales, políticas? Cada una tiene vertientes negativas y positivas, porque las creencias dan sentido a nuestras vidas, pero también movilizan nuestros sentimientos más irracionales, y por eso en su nombre se mata y se muere, y se cometen toda clase de tropelías. Dos de estas creencias son aquellas según las cuales existen unas mónadas, llamadas pueblos, que perviven a lo largo de la historia, que tienen derecho a gobernarse a sí mismos sin intermediario alguno, pues poseen en exclusiva un bien jurídico que es la soberanía.
No se pueden discutir las creencias. Es imposible convencer a nadie de que abandone las suyas y acepte las del contrario, porque no se cree en lo que es evidente, pues ya lo es, ni en lo probable, pues ya se verá si ocurre o no, sino en lo que no se ve, e incluso en lo que es imposible, como los milagros. Con la misma rotundidad se puede afirmar que existe el pueblo catalán, como negar su existencia. Y afirmar que Cataluña es España tiene el mismo sentido que decir que no lo es, pues nadie sensato ha visto nunca ni a Cataluña, ni a España ni a Dios en persona; siendo generalmente muy peligrosas ese tipo de personas que parecen haber creído verlos, hablar en su nombre y querer imponer a los demás las consecuencias de sus supuestos. Se puede decir «patria o muerte», cualquiera lo entiende, porque de las patrias nacen las guerras, pero no «patria o pan», o «patria o sexo», porque sería ridículo y todo el mundo preferiría en esos dos casos lo segundo y dejaría de lado lo primero. Para algunas personas es evidente que existe España y el pueblo español en Cataluña, Galicia y Euskadi mientras que para otros lo evidente es lo contrario, lo que existen son los pueblos catalán, gallego y vasco en esos lugares, y de ningún modo el pueblo español. ¿Hay alguna manera de ponerlos de acuerdo? Pues no porque no hay ninguna definición de pueblo de validez universal. La asociación de pueblo y lengua sirve unas veces pero otras no. Hay pueblos, como el suizo, con una fuerte identidad y tres lenguas diferentes compartidas con otros países. Todos los pueblos de Hispanoamérica poseen una lengua común: el español, y están claramente diferenciados entre sí. La India basa su identidad en el idioma de sus colonizadores: el inglés, pues es la única lengua común en un país con más de mil lenguas y setenta reconocidas como oficiales en su Constitución. La antigua Yugoslavia tenía solo una lengua, aunque escrita en dos alfabetos diferentes, y vivió una horrorosa guerra civil. Se da el caso de un pueblo como el judío con una lengua propia, al que algunos aún siguen negándole una patria y el árabe clásico es común como lengua religiosa de Marruecos a la India para cientos de pueblos distintos. Un pueblo, pues, no es una lengua necesariamente, mucho menos una raza, ni se puede asociar cada uno o un territorio exclusivo, pues los territorios han cambiado a lo largo de la historia. Un pueblo tampoco es el sujeto inmutable protagonista de una historia, sino el resultado final de un proceso histórico y por eso casi no hay ningún pueblo puro.
Las constituciones hablan del pueblo, fuente única e invisible del poder, quien toma el relevo de Dios, en cuyo nombre reinaban los reyes. El pueblo es un ente metajurídico, pues teóricamente dice, como Dios, lo que es justo o injusto, aunque en realidad no dice nada. La Constitución la redactaron unos expertos, la interpretan otros, que son quienes dicen que el pueblo es el soberano -una palabra que antes se aplicaba al rey- y casi ningún español se la ha leído, y menos todos juntos en popular asamblea. El pueblo ni legisla -legislan el Congreso, el Senado y el Gobierno- ni gobierna, gobierna el Gobierno. El pueblo tampoco habla. En su nombre hablan algunos, como los sacerdotes en nombre de Dios. Y quienes más hablan son los medios de comunicación, que tampoco son el pueblo. Las constituciones comienzan diciendo que existe un pueblo soberano porque tienen que empezar de algún manera, que no sea por la voluntad divina, excepto en el integrismo islámico, para explicar de dónde idealmente van a salir todas las leyes concretas y reales que afectan a la vida de la gente. Una constitución puede decir que hay varios pueblos que pactan asociarse en una Estado único con una soberanía compartida, tan hipotética como la soberanía única. Lo que ocurre es que la constitución es un pacto o un juego. No se puede jugar al ajedrez con las fichas del parchís y por eso una constitución no puede incluir la cláusula harakiri para anularse constantemente a sí misma, de la misma manera que una sentencia de divorcio no puede contemplar el proyecto de una vida amorosa, familiar y económica nueva en común tras la ruptura. Discutir si existe Cataluña o España es lo mismo que saber qué es el Espíritu Santo: una cuestión de fe. Pero la gente no es una cuestión de fe, existe, y las leyes y las instituciones también. El derecho no es más que la forma de impedir los conflictos o de resolverlos de la mejor manera posible; no la manifestación de la voluntad de entes invisibles, sean los que sean. El derecho es, por ejemplo que Artur Mas y el PSC acuerden rebajar las fiscalidad de Las Vegas catalanas y sus casinos del 45 % al 10 % a cambio de que inviertan el 1 % de sus ganancias en fines sociales en un país en el que la gente paga un IVA del 21 %. ¿Depende su significado del lugar del que emana esa soberanía que ampara a trileros, crupieres, banqueros y políticos?
José Carlos Bermejo Barrera es Catedrático de Historia antigua de la Universidade de Santiago