La UE y EE.UU. hacen el ridículo a dúo


Igual que Fofó y Miliki, que cuando actuaban juntos eran mucho más payasos que cuando iban separados, los Estados Unidos y Europa han decidido actuar juntos en Ucrania para demostrar hasta dónde puede llegar la ineptitud, en qué categoría boxean John Kerry y Catherine Ashton -pesos mosca, como es obvio-, y qué fácil es llegar a Liliput -en el caso de Europa-, o perderse, cuando los Estados olvidan sus dimensiones y su contexto estratégico y se ponen a jugar cada cual con su pelota. Por mucho menos de lo que está pasando estallaron en Europa cientos de guerras, y si esta vez no va a suceder lo mismo es porque Occidente debe tener un ángel de la guarda, porque las guerras mundiales ya no están de moda, y porque Putin movió el capote con tanta habilidad que dejó a la OTAN clavada en tierra como un toro en el desplante. Una vergüenza.

Lo que está haciendo Rusia con Crimea es lo mismo que hizo la OTAN, a tontas y a locas, cuando se inventó un Estado contra Serbia. Lo que dice Putin, al pregonar que está dispuesto a proteger a los rusos de cualquier ataque contra sus derechos, es lo mismo que hacen los americanos cuando mandan sus comandos, sus drones o sus bombarderos a rescatar a los súbditos americanos. Y la desvergüenza con la que el canciller Serguéi Lavrov justifica los movimientos de tropas y el riesgo de guerra en el corazón de Europa es exactamente la misma que hemos utilizado nosotros -la prevención de males mayores- al invadir Afganistán, Irak, Libia o cualquier otro sitio que ponga en riesgo nuestros intereses o la geopolítica de seguridad en la que nos hemos instalado. Por eso estamos tan acobardados. Y por eso Putin se comporta como el jugador galáctico que acaba de marcar el gol de la victoria y pide, en campo ajeno, un silencio de respeto.

Para más inri, hemos de reconocer tres cosas que ponen a la UE al borde del recochineo. Que esto ya sucedió otra vez, cuando un alocado apoyo de la OTAN al soberanismo de Osetia del Sur le dio disculpas a Rusia para cruzar la frontera y apagar el farol. Que algo parecido acaba de suceder en Siria, donde Europa jaleó de forma imprudente a la confederación de rebeldes anónimos, para dejarlos después con el culo al aire. Y que Putin, en el fondo, nos está haciendo un favor al impedir que sigamos revolviendo en el avispero ucraniano -donde también habíamos apostado por otra variopinta federación de indignados-, y al tomar el control de la zona más inestable del continente.

Lo de las sanciones a Rusia, llevadas a su territorio, es como suspender la cena para castigar al niño malo, porque sufre más el educador que el reprendido. Y todo por no tener un catecismo realista de política exterior, que nos explique lo que hay que hacer en cada caso y que nos evite el riesgo de improvisar un nuevo destino en cada vuelta del camino.

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