Montañas de deuda


Pocos economistas han escrito tan profunda y profusamente sobre las aciagas consecuencias de contraer grandes deudas como lo hizo Honoré de Balzac. En los miles de páginas de La comedia humana a cada rato salta el drama de un personaje atrapado en laberintos de deuda. Por eso, si su lectura es siempre recomendable, por placentera, más lo es ahora cuando parece iluminar aspectos de la realidad de un país como el nuestro, tan sobreendeudado.

Ahora nos llega la información de que la deuda pública ha alcanzado el 94 % del PIB, situándose en los registros más altos en un siglo, lo cual no por esperado es menos preocupante. Recuérdese que hace apenas siete años la deuda de las Administraciones estaba en niveles bajos (en torno al 36 %), muy inferiores a la media europea; sin embargo, en la economía privada ocurría lo contrario, pues su enorme expansión había sido à la Balzac, es decir sostenida en obligaciones de deuda: en el 2007 la conjunta de consumidores, empresas y bancos superaba el 290 % del PIB, buena parte de ella en manos extranjeras.

Lo que desde entonces ha ocurrido, en las brutales condiciones de la crisis, es un lento y traumático proceso de reducción de la deuda privada, que ha sido más que compensado por el aumento desmesurado de la pública. El resultado: la deuda española total superó el pasado octubre los 3,30 billones de euros.

La multiplicación de la deuda soberana se explica por cuatro motivos. Primero, por la urgencia de combatir la posibilidad real de un derrumbe en el 2009 mediante programas de estímulo. Segundo, por los errores cometidos en el apresurado diseño de algunos de esos programas. Tercero, y muy importante, por la falta de crecimiento en estos años; la obsesión por el ajuste fiscal en tiempo mínimo ha dado un resultado contrario al pretendido: debido al alto valor de los multiplicadores -mucho mayores que los inicialmente previstos-, el efecto contractivo de los recortes ha limitado mucho su contribución a la mejora de las cuentas públicas. Y cuarto, por las malas condiciones generales de los mercados financieros, que han disparado el coste de los bonos emitidos.

En este último punto se ha registrado una notable mejoría en el período más reciente, lo que junto al crecimiento del producto que se espera, pequeño pero positivo, debiera cortar la espiral de la deuda pública, estabilizándola en sus actuales niveles de en torno a un 100 % del PIB.

Pero, al menos durante el próximo lustro, las montañas de deuda, pública y privada, seguirán muy presentes en nuestro paisaje. Y alguna medida traumática, como la quita (también muy balzaquiana), no es para nada descartable.

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