Hace tres años estrenaba yo esta columna con un artículo sobre Mohamed Bouazizi, que en una ciudad tunecina llamada Sidi Bouzid se inmoló prendiéndose fuego porque las autoridades le habían decomisado su tenderete de venta de fruta ambulante. Lo que no sabíamos entonces es que aquella pequeña y dramática hoguera se iba a extender por los países árabes y en el suyo, en Túnez, daría lugar a una nueva Constitución, la más democrática de la región y del islam. Esa Carta Magna se presentó el viernes pasado en asamblea constituyente con presencia de nuestro Felipe, que esta vez habló sin soltar gallos. Está bien que Felipe vaya, porque los tunecinos ya andaban de vacaciones por la Costa del Sol antes que los romanos, y fundaron, como es sabido, Cartagena. Pero lo que a mí me impresiona es el efecto mariposa, ya saben: cuando una mariposa se pega fuego en las alas, en algún lugar del mundo un Gobierno se desmorona y entre los escombros queda una crisálida y, tres años después, de la crisálida sale una Constitución democrática. Esto no es más que una manera un poco paulocoelhana de decir que sí se puede. Y si un modesto frutero montó semejante berenjenal, uno no entiende cómo por aquí, entre todos, no somos capaces de hacer que se cumpla la nuestra. Y que nuestros representantes nos representen, por poner un ejemplo. Mientras tanto, yo voy a pegar en la pared de mi cuarto una fotografía de Aníbal a lomos de un elefante, cruzando los Pirineos. Puestos a ser ilusos?