Viva la clase obrera


Hace años, concretamente en el año ochenta del pasado siglo, José María González Sinde dirigió una película con guion de Garci, que tituló Viva la clase media. Eran los primeros años de la transición democrática y los miedos y las aprehensiones se habían instalado en el discurso social de los españoles, que, herederos de los planes de estabilización del franquismo, teniendo acceso al pisito, y al automóvil utilitario, habían forjado una poderosa clase media, sólida y bien tejida que contribuyó de forma decidida en la apuesta por el crecimiento económico, pese a los sacrificios y al ninguneo al que fue sometida por los Gobiernos de la democracia.

Hoy, varios lustros después, asistimos a la destrucción de aquel tejido social que había fraguado como el más resistente de los hormigones. Al menos eso creíamos ingenuamente. Con la desaparición de la clase media, comienza el principio del fin de una sociedad, como creíamos que era la nuestra, equilibrada y tenazmente estructurada.

Solo quedan ya vestigios de lo que ha sido la clase media española, que semana a semana cuenta la crónica nostálgica de un tiempo y de un país. Hoy la clase media es la serie televisiva Cuéntame, las ruinas de un pasado cercano narrado por la familia Alcántara, espejo certero de lo que fuimos.

Por eso titulo de esta guisa mi colaboración sabatina, como una película británica de Ken Loach, reivindicando larga vida para la clase obrera, para una sociedad empobrecida.

En España, según el reciente informe de Intermón, las veinte personas más ricas poseen una fortuna -declarada- igual a los ingresos del 20 por ciento de las familias más pobres, de los más menesterosos de la clase obrera. Todos, menos ese club de los muy ricos, somos clase obrera.

El Gobierno se está obstinando con su política de mínimos en lo social y de máximos en lo fiscal en proletarizarnos, en darle la razón a Hegel, con el castigo añadido de la ausencia política, de la sobredosis de sus planteamientos de maximalismo economicista, con sus lecciones falaces de macroeconomía, y con la falta de respeto colectivo de dar la callada por respuesta en una pantalla de plasma.

Todos somos pobres, y no únicamente los seis millones de parados, y no las legiones de subempleados con la precariedad laboral de los quinientos euros mensuales, en el límite del salario mínimo.

Somos los restos del naufragio de la hundida clase media para la que se decretó un ERE de extinción como si de una revolución inversa se tratara. Por eso reivindico a la sufrida clase obrera, antes clase media, para que no abdique de la vieja voluntad de crecimiento y de superación, para que dicte el discurso honesto y solemne de una identidad que no sé si es la nuestra, pero que en última instancia se parece mucho, mientras vemos cómo se desdibuja aquella clase que colaboró activamente en sentar las bases del añorado bienestar: la clase media.

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