Distorsiones en el copago


El copago sanitario brota entre nosotros con generosidad, porque nuestro espacio común o sector público tiene un problema grave de ingresos, que a su vez se explica por el enorme fraude fiscal que soporta. Pero los focos no buscan las causas del problema (fraude fiscal), sino que presentan con habilidad fórmulas que enredan y distraen lo suyo. No se persigue el fraude tributario ni el delito correspondiente. Todo se reduce a defender o cuestionar -con alboroto calculado- los copagos que correspondan. Así, el Ministerio de Sanidad decide ahora suprimir el copago sobre el transporte sanitario no urgente, ante el cuestionamiento que le hizo el Consejo de Estado, manteniendo en cambio los que afectan a las entregas de productos ortoprotésicos y dietoterápicos. Se mantiene además el copago por medicamentos hospitalarios que afectan a enfermedades crónicas graves (cáncer, hepatitis, etc.), lo que no deja de ser otra grave equivocación. Estas medidas deberían estar aplicadas el 1 de octubre del año pasado, pero las resistencias fueron múltiples y no pequeñas, lo que permitió ampliar el plazo de ejecución hasta el final de enero.

Pero el copago sanitario ocasiona más distorsiones que interesa explicitar. Porque se dice que el copago disciplina y restringe la demanda de medicamentos, y eso no es cierto. La cuantía y variedad de fármacos que debe tomar el enfermo es una decisión del médico, no del paciente, que normalmente cumple con esa obligación. Introducir un copago vinculado a la renta que declara el enfermo para encontrar una equidad adicional, es otro error interesado. Porque los defraudadores en el IRPF (que no suelen ser los asalariados) estarían doblemente beneficiados, mientras se penaliza a los contribuyentes más cumplidores con la Hacienda pública. Finalmente, interesa recordar también que los pensionistas (por razones de edad), los enfermos crónicos y los desempleados (con o sin prestación), son mayoritariamente las personas más frágiles y golpeadas por estos copagos sin alma. Atención, pues, a las consecuencias dramáticas de decisiones políticas irresponsables que también la Iglesia católica silencia.

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