S i el tipo de moderno DNI conservara aún la referencia del antiguo a la profesión del titular, Artur Mas bien podría poner allí «sus payasadas». Y es que en el último año el president ha perdido hasta tal punto pie con la realidad que lo circunda más allá de las fronteras de su comunidad, que rara es la semana en que no consigue, sin esfuerzos, hacer que el respetable se desternille de risa con sus pintorescos numeritos.
Su último espectáculo circense ha sido el de esas cartas enviadas a los mandatarios europeos explicando el plan para la secesión de Cataluña, con la esperanza -es de suponer- de que iba a obtener la solidaridad hacia quien se presenta como el mártir de un Estado que no le permite organizar un referendo de autodeterminación.
Empezando por Hollande y Merkel, los dirigentes europeos, claro está, han respondido a Mas con una frialdad glacial, y esto porque los usos diplomáticos no permiten hacer lo que a la mayoría de ellos les hubiera, con seguridad, apetecido: desautorizar de plano cualquier intento de romper la unidad de un Estado miembro de la UE, más aún si ese intento constituye una violación flagrante de su Constitución.
¿Cómo ha podido sufrir Mas ese formidable resbalón, que lo deja en un ridículo espantoso ante los destinatarios de una misiva tan disparatada, y que habría puesto también en Cataluña su prestigio por los suelos de no ser porque allí se ha asentado ya, para desgracia de todos, la dinámica amigo/enemigo que obnubila los sentidos y hace ver blanco lo que es negro y negro lo que es blanco?
La respuesta a la pregunta está en la mente de millones de españoles: porque Mas se ve a sí mismo desde hace meses como una especie de Napoleón Bonaparte, cuando los demás lo ven -lo vemos- como uno de esos orates que se pasean con un embudo en la cabeza convencidos de que son Napoleón.
De hecho, acabará por ser tal contraste el que llevará a Mas a un final desastroso para él y su partido y, lo que es mucho peor, para las relaciones entre Cataluña y el resto de España y entre los catalanes separatistas y los no separatistas, que son muchos más que los primeros, aunque el ambiente de epopeya histórica que el nacionalismo ha conseguido instalar en Cataluña, tras un proceso de manipulación social sin precedentes desde 1977, haya oscurecido esa manifiesta realidad.
A finales de 1934 la Generalitat se levantó en armas contra el Gobierno de la República y aquello fue una auténtica tragedia. Dándole la razón a Carlos Marx cuando decía que las situaciones de ese tipo se repiten luego en la historia como farsa, asistimos ahora a la que han montado los nacionalistas catalanes, con la impagable ayuda inicial del PSC: una farsa que nos avergüenza ante la Europa que acaba de darle a Mas, a fuer de educada, la callada por respuesta.