Menos miedo


S i hay una patología que haya destacado sobre las demás a lo largo de los últimos cinco años entre las reacciones sociales frente a la crisis, es el miedo. Miedo a quedar atrapado en redes económicas y financieras incomprensibles, a perder los ahorros o el puesto de trabajo. En particular, en los países del sur de Europa, a partir del momento en que se hizo creíble una eventual desaparición incontrolada del euro -un abismo ante lo desconocido- el factor miedo se extendió entre sectores sociales muy amplios. No hay en ello, en realidad, novedad alguna: siempre ha ocurrido así en las grandes crisis. Recuérdese, por ejemplo, que durante la Gran Depresión el presidente Roosevelt se refirió a ese hecho con una de las frases más célebres de su época: «No debemos temer sino al miedo».

Pues bien, en los últimos meses algo importante puede estar cambiando. Nuestros problemas económicos siguen siendo muy graves, pero al menos el miedo o la fuerte aprensión ante un descalabro financiero se han atenuado considerablemente, lo que tiene que ver sobre todo con que ahora apenas hay apuestas por la voladura del sistema del euro. La relajación de la prima de riesgo, seguida con tanta ansia hasta hace bien poco, contribuye a un cierto sosiego (aunque después de todo se mantenga, más o menos, en los niveles de la primavera del 2011).

Los primeros en notarlo fueron los gobernantes: en España, por ejemplo, hasta hace algo más de un año, la mayoría de los recortes se hicieron improvisadamente, mirando siempre de reojo y con angustia a la prima de riesgo; lo cual explica su carácter indiscriminado y falto de criterio. Ahora, sin embargo, aunque sigue funcionando el hacha tanto como el bisturí, el Gobierno central y algunos autonómicos dan más la sensación de que saben por qué hacen lo que hacen. En algunos casos, constituye una estupenda noticia, pero en otros es más bien lo contrario: cada vez hay menos dudas de que se está aprovechando la presión externa para impulsar proyectos ideológicos cuando menos discutibles, como la rampante privatización sanitaria.

Y entre la población en general, ¿qué puede traer consigo una menor presencia del miedo? En primer lugar, algo que debiera propiciar la reactivación, eliminando barreras mentales que bloquean el consumo y la inversión. Pero hay una segunda posible repercusión, acaso más importante: si el miedo ha tenido un efecto paralizante durante los últimos años sobre amplios sectores que han sufrido en sus carnes los fatales impactos redistributivos de la crisis (lo que en último término explicaría el bajo nivel de conflicto social que a tantos observadores sorprende), ahora todo eso podría cambiar: liberados de la presión del miedo, no sería raro que algunos sectores bascularan en mayor medida hacia el conflicto, sobre todo cuando todos los días oyen hablar de una recuperación que sus bolsillos no acaban de notar; así al menos ha ocurrido con frecuencia en el pasado.

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