Aunque no se lo crean, la vida en los pueblos puede resultar apasionante. Independientemente de que sean pocos los habitantes, o que apenas existan lugares de reunión, siempre ocurren pequeñas cosas que en una ciudad pasarían desapercibidas, pero que en los pequeños pueblos son fuente inagotable de comentarios y tertulias. Les pondré algunos ejemplos para que entiendan a qué me refiero.
En mi pueblo existe una farola extraordinaria. Cada vez que alguien se acerca por la calle se apaga, volviendo a encenderse una vez que uno se aleja de ella. Supongo que esta tecnología, absolutamente innovadora, es un ejemplo de eficiencia energética ya que, mediante un sencillo sensor, la farola deja de alumbrar cuando alguien pasa. Nadie repararía en esta pequeña anécdota en una ciudad, pero en el pueblo todos sabemos que, en esa farola, nos podemos pegar un trompazo. En el pueblo también han construido unos sistemas de conducción y depósitos, muy complejos, para captar las aguas y después bombearlas para su depuración. Aunque el sistema no está todavía a pleno rendimiento, el diseño es totalmente innovador ya que ha conseguido que la plaza se inunde con cada temporal, algo que hasta la fecha nadie había conseguido. La gente comenta con júbilo que la plaza parece la de Venecia, pero yo siempre pienso que alguien va a meter la pata en la boca de la alcantarilla.
También en el pueblo hacen paseos para ordenar la costa que, al parecer, está muy desordenada; son chulos y la gente sale a disfrutar los domingos soleados. A veces son muy pendientes, otras veces no, pero la tecnología constructiva tiene que ser de última generación porque antes los caminos no se caían nunca y ahora sí. Sorprendentemente, la cosa está muy bien pensada, porque los paseos no se caen el mismo día en que se inunda la plaza, pero yo tengo miedo de precipitarme y partirme el cráneo en el acantilado. Pero no se crean que los vecinos se toman a mal estas cosas. En la tertulia de los domingos todos comentan con sorna los acontecimientos semanales y, entre tripas o callos, se ríen de las inundaciones o de los trompazos. Sin ir más lejos, la semana pasada un vecino tropezó con uno de los múltiples bolardos rotos de la acera y se le quedó el pie de color negro; no vean qué animada estuvo la reunión dominical, aunque él no pudo asistir. ¡Mala pata!
Así son las cosas en los pueblos, muy naturales: se va la luz, levitan las tapas del alcantarillado o se caen los caminos, pero en ellos la vida está llena de alicientes. Puede que no haya escuelas, servicios médicos o transporte público, pero, créanme, a quién le puede importar eso cuando cualquier vecino, independientemente de su origen, religión o condición social, puede partirse una pierna. No hay color. No vean en estas líneas una crítica sobre cómo están las cosas en mi pueblo, porque si lo piensan, salvo en lo de las tripas, no es diferente de los demás; sin embargo, creo que algún día mi pueblo debería salir en el periódico.