«P az, piedad, perdón»: Manuel Azaña, entonces presidente de la II República Española, evocó ese programa de reconciliación nacional en el discurso que pronunció en el ayuntamiento de Barcelona el 18 de julio de 1938, dos años después de la sublevación militar que en 1936 había supuesto el inicio de la Guerra Civil, sin duda el episodio más trágico de nuestra trayectoria colectiva.
Sin embargo, la matanza continuó todavía casi un año todavía y cuando la contienda terminó no hubo ni piedad ni perdón para los vencidos, de modo que la paz de 1939 fue solo la de los cementerios. No constituyó la de España, en todo caso, una experiencia excepcional, pues así, en medio de un odio y una voluntad de venganza incontenibles, han sólido acabar todos los grandes conflictos de la historia.
El nacido en Sudáfrica como consecuencia del establecimiento el odioso régimen del apartheid a partir de 1947 fue especialmente injusto y repulsivo: una gran mayoría negra viviendo, en su propio país, como animales enjaulados por la minoría blanca que se había convertido en su dominadora colonial.
Nelson Mandela, que, como otros muchos sudafricanos, luchó con inconmensurable valor contra la iniquidad del apartheid, pagó por esa lucha un precio altísimo: 27 años de prisión, un poco menos de un tercio de su vida admirable y ejemplar, que lo convertiría en uno de los personajes más importantes de todo el siglo XX. Pero el Mandela excepcional, el que hoy homenajea la mayoría de Sudáfrica y, con ella, el mundo entero, no fue tanto el de la lucha como el que supo pedir paz, piedad y perdón cuando tenía tantos y tan poderosos motivos para haber acabado hundiendo a su país en un baño de sangre interminable.
Resistir años y años de cárcel sin perspectiva cierta de salida ha de ser una tortura muy difícil de aguantar. Igual que ver a un pueblo entero sometido al yugo brutal de quienes no tenían contra los negros de Sudáfrica otro motivo de agravio que el color de su piel, que era el de su continente y su país. Pero la pulsión humana de venganza por los terribles daños tan injustamente infligidos a millones de personas es mucho más difícil de aguantar que el encierro y la discriminación racial.
Mandela la aguantó y dio a su país y al mundo entero una lección maravillosa: que más que un ejército hiriendo vence un héroe perdonando, por decirlo con unas palabras de Calderón que resultan para el caso sencillamente insuperables. Porque perdonar es el acto supremo de valor, para el que hay que tener mucha más fuerza de voluntad y de carácter que para vivir casi tres décadas encerrado en un diminuto cuchitril. Mandela fue para Sudáfrica el gran luchador contra el apartheid y es y seguirá siendo siempre para el mundo uno de los grandes héroes del perdón.