Aunque no entiendo mucho de construcción naval, me preocupa el futuro del sector y les confieso mi absoluta perplejidad ante el espectáculo al que estamos asistiendo. Para no extenderme en exceso, dejaré por esta vez el sainete de los floteles y trataré de centrarme en el asunto de los ya famosos gaseros que, como su nombre indica, son barcos que transportan gas.
Si los datos publicados son ciertos, serán astilleros de Japón y Corea los que construirán los cuatro nuevos gaseros que han encargado Repsol y Gas Natural Fenosa a dos navieras, la española Elcano y la noruega Knutsen. El presidente de la naviera noruega ha declarado que los dos buques adjudicados a su empresa serán construidos por los astilleros Hyundai, de Corea del Sur, y otras fuentes han confirmado que los dos encargados a la naviera española Elcano serán construidos en los astilleros japoneses Imabari.
El papel de los políticos en este asunto tiene su gracia. En medio de una crisis brutal, con seis millones de parados, ni se han enterado de lo que ese contrato supone para el sector naval, ni han tenido la capacidad de influir en la empresa a la hora de la adjudicación. Resulta patético que mientras medio país tiene que apretarse el cinturón para pagar el gas y la luz, nuestro Gobierno no tenga ningún mecanismo de interlocución con estas empresas; créanme, a mí se me ocurren varias maneras de que entren en razón.
Pero vayamos a lo sustancial. Según fuentes del sector, Navantia presentó únicamente una oferta «indicativa», «una especie de boceto, de diseño muy precario», a las dos navieras encargadas de seleccionar los astilleros. En ningún caso, añadieron, la empresa presentó una «oferta firme económica», «ni siquiera fuera de plazo», con la que poder competir con las compañías internacionales participantes.
Veamos. Si entran en la página web de la empresa verán que su consejo de dirección tiene una docena larga de miembros, además de otra quincena en su consejo de administración. Hay además numerosos cargos de nivel medio, de tal manera que en las oficinas centrales de Navantia trabajan en torno a 300 personas, más que en la línea de reparaciones de Ferrol. Pues bien, o ninguno de ellos tiene ni idea de cómo funciona una empresa, cosa altamente probable, o desconocen cómo se contrata un barco. ¿Cómo es posible que un contrato de una empresa española, de seiscientos cincuenta millones de euros, vuele hacia Asia cuando nuestros astilleros tienen capacidad tecnológica y experiencia para afrontarlo, y pueden competir en precio?, ¿A qué narices se dedica toda esta gente?
No hace falta ser un experto en el sector naval para sentir vergüenza de la conducta de algunos políticos y directivos de la empresa, tampoco para imaginar la patética imagen exterior que España y Galicia transmiten con esta inhibición. Lo único que se me ocurre, aparte de solidarizarme con los trabajadores del sector, es parafrasear a Remedios Amaya, quien en Eurovisión, allá por los años de la primera reconversión naval, nos avisaba «Ay, ¿quién maneja Navantia, quién?, que a la deriva me lleva, ¿quién?»