La levedad y el peso de Murakami

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

Murakami, el escritor que vende un millón de ejemplares de su último libro a los pocos días de salir en Japón. El finalista del Nobel, que todavía no se lleva el premio. El hombre que tuvo un club de jazz y que escribe un poco como si fuese músico. Murakami tiene nuevo libro y, como siempre, su fábula se mueve en una difícil frontera. Por momentos es genial. Y en otros, con otros ojos, puede parecer casi adolescente. Y es que Murakami es experto en contar historias sobre seres heridos y muchas veces en crecimiento o reconstrucción. ¿Quién no está herido? Y una habilidad extraordinaria para sacar de sus dedos frases redondas, como el humo sale de un cigarrillo encendido. En Los años de peregrinación del chico sin color deja como siempre cabos sueltos. ¿No está llena la vida de cabos sueltos? Murakami borda el estilo del iceberg. Cuenta una punta que corta y deja para el lector todo el trabajo de interpretación. La historia de Tsukuru es intensa y, a la vez, superficial. Es esa extraña dualidad que tienen los textos del japonés y la existencia. Hay un tema de jazz, pero hay mucho Liszt. Hay un pianista misterioso (fábula dentro de la fábula que también queda abierta). La vida como un extraño mapa del azar, donde hasta los sueños pintan. Pero con una voluntad ciega. Es curioso cómo trenza los sentimientos. Hace que nos sintamos vivos e implicados leyendo párrafos que están llenos de trampas. Pero ¿no está la vida llena de trampas?