Cuestión de educación


«¡Y pensar que había en España diez millones de seres con ojos y manos que no sabían escribir!... ¡Y que él, hombre capaz de enseñar a escribir al pilón de la Puerta del Sol, no tuviera que comer!... ¡Qué anomalías, y qué absurdos!...». Esto escribía don Benito Pérez Galdós acerca del pobre maestro que se cruza como protagonista secundario en su novela El doctor Centeno. Ciento treinta años han pasado y mucho ha cambiado la vida española desde entonces. Y sin embargo, salvando esas grandes distancias y ya muy lejos el analfabetismo masivo, hay algo en ese párrafo que hace pensar en uno de nuestros grandes problemas de ahora mismo: la lacerante contradicción entre el impulso renovador que necesita nuestro sistema educativo y el escaso esfuerzo que desde el poder se hace para mejorarlo.

Porque de tal contradicción no hay duda: en todos los informes internacionales -el último, el PISA relativo a la población adulta-, España figura en los últimos lugares entre todos los países europeos en aspectos fundamentales como las matemáticas o la comprensión lectora; y mientras tanto, los recursos disponibles para actividades educativas se reducen significativamente. Y no es que ocurra de forma casual o incidental, sino perfectamente calculada y programada: en el plan de ajustes y reformas enviado por el Gobierno a Bruselas hace unos meses se establece como objetivo reducir en un punto -del 4,9 al 3,9 %- el peso del gasto en educación sobre el PIB entre el 2010 y el 2015; la ligera subida que se recoge en el Presupuesto para el 2014, después de las grandes caídas anteriores, no pasa, pues, de anécdota.

Puede alegarse que no es cuestión de dinero, sino de buenos sistemas, que nos faltan. Y ello es en gran medida cierto: la sociedad española que en las últimas décadas acertó en la organización de algunos grandes servicios, como la sanidad, fracasó claramente en otros. Es el caso de la educación, sometida a idas y vueltas, a reformas y contrarreformas, y cruzada por vivos conflictos que en realidad son de segundo orden, como los trabados en torno a la enseñanza religiosa o a la educación para la ciudadanía. Pero, relacionado con todo eso está el escaso esfuerzo económico dedicado a estos fines, lo que ya viene de los años de bonanza; un esfuerzo claramente inferior a la media europea, y no digamos si la comparación es con los países que más destacan en estos ámbitos, como los escandinavos.

El caso es que, mientras nosotros recortamos tan planificadamente, el Gobierno francés coloca entre sus prioridades de gasto al sector educativo. Por su parte, en Alemania, en el núcleo de lo que parece perfilarse como programa de gobierno de gran coalición, figura además de la consabida reducción del peso de la deuda pública, un notable incremento de la inversión en educación, ciencia e innovación. Porque de inversión se trata, y muy importante además para ganar productividad de la buena, aunque por aquí nos empeñemos en ignorarlo.

Xosé Carlos Arias es catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

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