«Doesn't matter if you're white or black»


Cuando Michael Jackson tenía tantos dólares que le salían por las blancas orejas decidió construir el país de nunca jamás, y allí fue acumulando animales exóticos y niños con padres comprensivos. En Galicia las cosas se hicieron con más modestia, y los animales estaban dentro de casa: los Oubiña en el pazo de Baión y la familia Franco en el de Meirás. El duque priápico que juntó los ahorros de su suegro, el cazador de elefantes, con las prebendas de políticos pelotilleros, metió el dinero en la obra de Pedralbes para vivir como un infante, y gracias a eso los del pladur se pudieron comprar otro Porsche Cayenne. Cuenta Vargas Llosa en La fiesta del chivo, que el dictador Rafael Leónidas Trujillo había construido una autopista desde el aeropuerto hasta el Palacio Nacional, su casa. En Costa de Marfil el sátrapa Félix -con un apellido impronunciable que, si les parece, nos ahorramos- edificó una réplica de la basílica de San Pedro del Vaticano en medio de la selva. Pues algo parecido tiene en la cabeza el joven obispo alemán Franz-Peter Tebartz-van Elst, al que le gusta el lujo tanto como a Sara Montiel. El tal curita, que viaja en primera, se ha gastado cuarenta millones de euros -el gordo de la primitiva con bote acumulado- en su residencia habitual. Lo extraño es que ha acabado el fastuoso edificio sin que a nadie llamase la atención. Y lo peor de todo es que hemos perdido una oportunidad de oro para venderle por ese dinero la Ciudad de la Cultura. ¡Cachis!

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