Robert D. Putnam, profesor de Harvard, presentó esta semana un estudio en la Universidad de Aarhus (Dinamarca) donde, entre otras cosas, dijo que los hijos que pasan más tiempo con sus padres pueden desarrollar mejor sus capacidades intelectuales. Según su teoría, los ricos no tienen que trabajar tanto y, por ello, pueden entregarse más a sus vástagos. De esta forma, las diferencias sociales se van acentuando. Aquí tenemos suerte porque, contrariamente a lo que se expone en ese estudio, titulado ¿Réquiem por el sueño americano?, los padres, en nuestro país, tienen todo el tiempo del mundo para estar con sus retoños, por la sencilla razón de que buena parte de ellos están en el paro. En contra hay que decir, también, que muchos de nuestros escolares solo pueden comprarse los libros gracias a los subsidios de sus abuelos. Total, una vez formados, con carreras y másteres, se van de camareros para los locales de Londres. Mientras, sus padres se quedan con el corazón encogido esperando sus mensajes de whatsapp. Neira Vilas comentaba estos días que cuando él emigró la mayoría de los que se iban solo llevaban espaldas fuertes para trabajar, porque eran analfabetos. Ahora se van los más preparados, tal vez guiados por el «impulso aventurero» o por la «movilidad exterior» de la ministra. ¿Para que sirve un Estado si su parafernalia política y administrativa no es capaz de amamantar a las generaciones del futuro? Sería una ímproba tarea propia de Hércules desviar un caudaloso río de sentido común para regenerarlo, como hizo con las cuadras del rey Augías, y devolver la dignidad a los que se la han hurtando.