E l rey de Holanda viajó a España después de soltar un veredicto ante el Parlamento de su país: el Estado de bienestar no se puede sostener. El Estado de bienestar es eso a lo que nos hemos acostumbrado: sistema asistencial asequible, educación y justicia gratuitas, ayuda a dependientes, protección a parados y pensiones generalizadas para jubilados, huérfanos y viudas. Según el joven monarca holandés, es decir, según su Gobierno, todo eso está en peligro. Empieza a ser insostenible. Es la herencia de la crisis, es el fruto de una población envejecida y es la consecuencia de la falta de contribuyentes o cotizantes. Hasta aquí ha llegado la felicidad del Estado protector. Preparémonos para el retorno al sálvese quien pueda.
Eso es, en el fondo, lo que ocurre con las pensiones en España: el sistema no da más de sí. La propuesta del Gobierno es indecente, vista con ojos de hace años. Vista desde los datos de hoy, quién sabe, a lo peor es la única salvación del sistema: subida anual ridícula, pérdida de poder adquisitivo, peor calidad de vida de los pensionistas. No encuentro forma de aplaudir un horizonte tan negro, pero quizá sea el comienzo de lo que anuncia el rey holandés. Hoy todavía se puede aspirar a cobrar una pensión. Dentro de unos años los pensionistas podrán ayudar menos a sus hijos y nietos. Pero el paso siguiente es una incógnita. Salvo que el ministro Montoro tenga razón y España «vuelva a asombrar al mundo», como dijo ayer, aquí nadie puede asegurar nada.
Por eso la palabra sostenibilidad se ha convertido en una palabra mágica para todos los Gobiernos. Ya no importa ninguna cualidad de nada, sino que sea sostenible. Y para que algo sea sostenible hace falta el sacrificio colectivo: en el sector privado, menos salarios, como se está viendo en la constante bajada de los costes salariales, ante la indiferencia sindical; en el público, menos atenciones sociales, menos ayudas públicas, menos servicios, menos pensiones. Y un rey que expide por adelantado un solemne certificado de defunción.
Ese es el cambio que se está operando bajo nuestros pies, de forma lenta, pero calculada y con resultados que empiezan a ser elocuentes: beneficio de las empresas del Ibex en el primer semestre, 14.000 millones de euros, un 9 % más; realidad de las personas y familias, aumento de la morosidad y destino de 20 millones de pobres, según los cálculos de Intermón Oxfam. No estoy inventando nada. Son todas noticias de ayer. Ante ellas, este cronista se pregunta: si el Estado deja de ser de bienestar, si no puede garantizar un futuro cómodo, si ya no puede proteger a los necesitados, ¿para qué queremos el Estado? Si vamos al sálvese quien pueda, mejor sin pagar impuestos.