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La educación diferenciada como test

OPINIÓN

19 ago 2013 . Actualizado a las 06:00 h.

E n esta pausa de agosto, con la prima de riesgo en un bajo nivel olvidado que permite a Rajoy fumar su puro mañanero después de la preceptiva caminata, la educación diferenciada ocupó un transitorio protagonismo con motivo de una disposición de la Consellería de Educación de la Xunta de Galicia. Se cumple una sentencia contraria al mantenimiento del sistema de conciertos para los centros que impartan ese modelo de educación, en espera de que se resuelva el recurso interpuesto ante el Tribunal Supremo. El tema es recurrente y significativo como un test para el comportamiento político de los actores.

Vaya por delante que en toda España los centros que la practican son un porcentaje reducido; en Galicia, cinco. Por eso sorprende, de entrada, el interés y en casos la fijación que los opositores tienen por el tema y más aún la de quienes ostentan como misión la defensa de los derechos de los trabajadores. No se trata de ir contra la existencia de conciertos de la Administración aprobados en los mandatos socialistas. No es defensa de lo público sobre lo privado. Hay algo más. Nos topamos, al menos, con una opción ideológica que defiende una concreta manera de entender la educación. Lo que sucede es que para defenderla se viene a argüir en ocasiones que la educación diferenciada supone, en definitiva, una discriminación por razón de sexo.

Lo más sorprendente es que la Permanente del Consejo de Estado haya empeñado su tradicional prestigio con una argumentación partidista y contradictoria, y hacerlo por unanimidad. Como no podía ser menos, el dictamen del supremo órgano consultivo recuerda que en países de nuestro entorno, al que se ha acudido con frecuencia en la pasada legislatura para justificar leyes sobre el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo, la educación diferenciada está excluida expresamente de la prohibición de discriminación por sexo.