Hacer política es a veces un delicado ejercicio de equilibrio entre aparentes contradicciones. Por un lado, la responsable de Fomento, Ana Pastor, está obligada a que los ciudadanos mantengan su confianza en un sistema ferroviario que, pese al trágico accidente de Angrois, es uno de los más seguros del mundo. Por otro, se ve obligada con urgencia a reaccionar con una batería de 20 medidas que podrían indicar justo lo contrario: que quizás esa seguridad era un espejismo y había notables vacíos que ahora hay que llenar con rapidez, sin ni siquiera esperar al dictamen de las comisiones técnicas que están estudiando el asunto. En realidad, este ejercicio aparentemente paradójico es perfectamente complementario. El ferrocarril es seguro, pero siempre puede serlo más.