Sobre el trágico descarrilamiento de Santiago hoy sabemos pocas cosas, aunque dos son muy relevantes: la primera, y principal, que al tomar la curva de A Grandeira el tren circulaba a más del doble de la velocidad permitida en ese tramo, pues así lo han confirmado la caja negra, el maquinista («¡la he jodido, iba a 190!») y los testigos; lo segundo, que, con una altísima probabilidad, fue ese exceso de velocidad el origen de que el convoy se saliera de la vía, con las terribles consecuencias de todos conocidas.
Así las cosas, centrar el foco de la responsabilidad en el maquinista que tenía la directa obligación profesional de asegurar que el tren circulase a la velocidad adecuada no constituye una persecución ni un pretexto para exculpar a otros posibles responsables, sino una forma de constatar una evidencia: que, a salvo de un fallo en el sistema de frenado del Alvia accidentado, cosa de la que nadie ha hablado hasta el momento, fue el error de quien conducía el convoy el que desencadenó un horror de inmensas proporciones.
¿Podría haberse evitado el desastre de haber contado el tramo de vía de A Grandeira de un sistema de frenado automático como el que existe en la mayor parte del trazado? Muchos de los técnicos que se han pronunciado en los innumerables artículos que ha publicado este periódico creen que sí y por tanto, a salvo siempre del informe final de la comisión de investigación del accidente, es más que probable que de haber existido otras condiciones técnicas, las cosas hubieran sucedido de forma diferente. Como, también, de no haber existido la curva de A Grandeira.
Ocurre, sin embargo, que cualquiera que esté al frente de una responsabilidad de la que dependen muchas vidas (el maquinista de un tren, el piloto de un avión, el conductor de un autobús, el comandante de una nave) debe hacerle frente en las condiciones concretas en las que aquella responsabilidad se desarrolla: para decirlo claro y pronto, un maquinista que sabe que marcha por una trazado que exige toda su atención y conduce un tren cuya velocidad depende de lo que él haga para controlarla no puede actuar de igual modo que lo haría quien sabe que tiene el apoyo externo de un sistema automático de frenos.
Por eso, más allá del legítimo derecho de José Garzón a dar la versión que más convenga a su defensa, parece razonable no confundir la responsabilidad directa en la catástrofe de quien podría haber desatendido sus obligaciones sabiendo el riesgo que ello suponía para el pasaje del convoy que conducía y la que pudiera recaer en Renfe, el ADIF, o en los sucesivos ministros y Gobiernos por la mejora de las infraestructuras de transporte. Y es que, por avanzadas que sean estas, nada podrá impedir un accidente si quien tiene una tarea vital que realizar deja de hacerla.