Tengo sesenta y un años. Era profesora de un instituto de secundaria en Santiago. Vivo en esta ciudad desde hace treinta años. Nací en Madrid. Me siento tan compostelana como madrileña. Por eso el impacto del gravísimo accidente me afectó mucho.
Estaba pasando una semana en el interior de Asturias con unos amigos cuando recibimos una información que nos dejó consternados. Había descarrilado el tren Alvia al entrar en Santiago. Sabía que, tarde o temprano, acabaría enterándome de que algún conocido o amigo estaría herido o habría muerto. No tardé mucho en enterarme. En el segundo día de ir a tomar café con mis amigas, me dijeron: «¿No te has enterado? La mujer de Meyer tiene traumatismo torácico. Está grave en el Clínico».
«¿Él iba en el tren?», pregunté. Meyer y su mujer son profesores de un instituto de Santiago. «No lo sabemos. Parece que hay pocas víctimas de Santiago», dijo una.
«Es que a mí me produce escalofríos si alguna víctima es de Santiago», dijo la misma, tratando de justificarse por la frase anterior.
«¿Conocéis el caso de una mujer con un bebé, casada con un francés?», preguntó otra. «No», dijimos todas.
«Yo la conozco muy poco, pero una amiga mía es amiga de ella y me contó que la mujer es de Santiago y trabaja en Madrid. Su marido era francés. Tenían un hijo de un mes que viajaba con ellos en el tren. Pues el marido murió en el accidente. Tuvieron que venir de Francia sus familiares porque no pudieron hacer la prueba del ADN al bebé».
«No entiendo cómo el maquinista pudo despistarse, según sus propias declaraciones ante el juez, si llevaba ya sesenta viajes conduciendo el Alvia por ese trayecto», comentó la primera. «Es inexplicable -dijo la segunda-. Pero también podía haber tenido un sinnúmero de enfermedades súbitas mientras conducía».
«Lo que justifica más -le contestó- que tenía que estar implantado el nuevo sistema de frenado en las proximidades de Santiago o haber un maquinista más, como en los aviones».
Otro día quedé con una amiga para tomar un café y me comentó que había pasado, casualmente, por el lugar del accidente nada más haberse producido. «Bajé del coche. Vi vagones destrozados, cuerpos tendidos cerca de las vías y heridos deambulando. Los ilesos ayudaban a los heridos. También había vecinos del lugar. Antes de llegar la policía, bomberos y ambulancias, que acudieron enseguida, oí una voz que pedía ayuda. Era una mujer. Me acerqué a ella y le cogí la mano. Me preguntó que dónde estaba su marido. Yo la tranquilicé. Estuve con ella hasta que llegó la policía».
Pero, ¿y las víctimas que habían quedado vivas? ¿Y los familiares y amigos de las víctimas? ¿Qué pasaría con ellos? Sabíamos que tenían ayuda psicológica gratuita, pero ¿sería suficiente? Supongo que no. Por ello, desde aquí quiero transmitir mi cariño y solidaridad a todas las víctimas, a sus familiares y amigos.
María Jesús Butrón es profesora de Secundaria.