Un pan debajo del brazo

Javier Guitián
Javier Guitián EN OCASIONES VEO GRELOS

OPINIÓN

21 jul 2013 . Actualizado a las 06:00 h.

Siempre he tenido especial debilidad por el buen pan. Creo que un bocadillo con pan de mezcla de As Nogais o de Pedrafita, o un pulpo con pan de Cea son manjares difícilmente superables. Tal vez por eso siempre he pensado que el pan gallego debería ser declarado patrimonio cultural inmaterial, o algo similar, para salvaguardar los cultivos tradicionales y la cultura de su elaboración, que, dicho sea de paso, nada tiene que ver con la de muchos de los actualmente denominados panes artesanos.

Consecuentemente, me sobresalto cuando leo que una empresa valenciana ha empezado a vender barras de pan a veinte céntimos forzando a muchos panaderos autónomos a bajar los precios de sus productos; es verdad, y justo es decirlo, que estos últimos explican a sus clientes que el pan ha sido elaborado con ingredientes de peor calidad. Se trata, al parecer, de la única forma posible de competir con las grandes empresas que se están adueñando de buena parte del mercado, estrangulando a los productores de harinas y artesanos, y forzándoles a producir un producto de peor calidad.

Sé que este proceso no es exclusivo de nuestro país, pero me preocupa la aparición en el mercado de ese producto, al que también llaman pan, aunque su sabor y consistencia nada tenga que ver con los antes citados. Es cierto que en una situación de crisis económica la aparición de este tipo de barras blancas de bajo precio es frecuente, y no lo es menos que es la propia demanda del mercado la que debe marcar su existencia. Sin embargo, no entiendo que se le otorgue tal nombre a una especie de barritas que, pasadas unas horas, recuperan la consistencia original de una masa; prueben a utilizar una de estas para hacer un nudo marinero y verán que no les miento.

Gran parte del pan gallego es todavía bueno porque se hace de manera tradicional y con productos de calidad, no porque se congele en Galicia. Piensen que cada vez que compren pan en uno de nuestros pueblos, o pequeñas tiendas, comerán mejor y contribuirán a mantener los puestos de trabajo de un sector bien asentado en el medio rural. Se trata, en definitiva, de elegir si queremos que los niños vengan con un pan debajo del brazo o con un churro congelado, esa es la cuestión. En pocos años hemos pasado de la barra y la bolla, que se endurecen con el paso de los días, a una suerte de baguetes y chapatas, artesanas y de pueblo, cuya consistencia desafía los principios más elementales de la física. Tal vez la única manera de frenar este camino sin retorno sea aplicar lo que me dijo una señora en O Courel: «O pan que non vale a o segundo día, non e pan». ¡Que razón tenía!