Fue durante 27 largos años el preso 466/64 y no solo no renunció a sus principios, sino que fue capaz de construir una alternativa alejada del deseo de venganza.
Se agota la impresionante resistencia física de Nelson Mandela, pero aumenta la dimensión del legado de un hombre excepcional.
No solo por el ardor con que acometió la defensa de la maltratada población negra. Ni por su capacidad para mantener vivos sus ideales durante 27 años de dura prisión. Ni por haberse convertido en el primer presidente negro de la historia de Sudáfrica o haber sido galardonado en 1993 con el Premio Nobel de la Paz.
La figura de Nelson Mandela se agranda con el paso de los años por haber sido capaz de comprender desde la cárcel y la represión que el futuro no podría construirse sobre la venganza ni sobre la victoria de la población negra sobre la minoría blanca que la esclavizaba, sino sobre la reconciliación y la convivencia.
En su primera rueda de prensa en libertad, situó su objetivo en «reconciliar las aspiraciones de los negros con los temores de los blancos». Lo consiguió en un alto porcentaje, pese a que unos tuvieron que dejar a un lado siglos de opresión y otros renunciar a enormes privilegios.
Basta traducir negros por mayoría ciudadana y blancos por minorías dirigentes para resaltar la permanencia de un mensaje tan sencillo como difícil de llevar a la práctica.
Solo se necesita la enorme dimensión humana y la claridad de visión del hombre que afronta en paz sus últimos días y que tanto se echa de menos en los líderes de países teóricamente más avanzados.